El cine se ve mejor en el cine, pero no en el Arcadia

Wendy Rufino

“Sí sales sin avisar se te cobra de nuevo”. Es la instrucción del lugar que se lee apenas entrando a la dulcería, donde se puede encontrar palomitas, cafés, sopas instantáneas, chocolates, pastillas mentoladas y cigarros sueltos a precio accesible. 50 pesos es el precio por boleto en la taquilla diminuta con barrotes negros y un letrero que prohíbe la entrada a menores de edad.

Un hombre mayor de gorra roja y de camisa con el pecho descubierto, sonríe con sus dientes negros mientras pregunta a los que entran y salen – ¿Me completan mi boleto? Con lo que sea su voluntad. Un franelero de la calle Eduardo Ruíz le grita: ¡Cómprame mi boleto! A lo que le responde burlón –Ni que te fuera a coger a ti. Se carcajean y corren a recibir al siguiente carro que aparcara en el lugar. –¿Quiere que también se le limpie el carro, patrón?

Poco después, un joven que aparenta rebasar los 20 años, avisa al encargado de la dulcería que saldrá un momento y se acerca para murmurarle algo más, pero solo recibe la indicación: –No vendemos condones. Puedes salir y regresar.

Casi a la entrada de la sala, un póster con mujeres desnudas y la leyenda ‘Beauties of the air’. Adentro la oscuridad es densa, es difícil adivinar el número de personas que se encuentran en la sala, solo los anuncios de No Fumar y de Sanitarios te dan una idea de la dimensión del lugar.

A tientas en un pasillo salpicado de papeles, se tiene que elegir alguna de las butacas oxidadas para esperar la función. Una débil cortina de luz emanada del proyector del segundo piso, anuncia el inicio de la película, en la que la imagen la mayoría de veces no encuadra a la perfección. Los cierres bajando y las hebillas soltando la correa del cinturón, son los sonidos peculiares de la sala que a nadie toma por sorpresa.

El registro sonoro de la película emerge sofocado, precario, por lo que las mamadas resuenan tronando en los labios entre respiraciones agitadas y gemidos. Los cambios de luz en la pantalla por momentos iluminan a los hombres recargados en los costados de la sala, ya que según el código del lugar, al estar de pie se da por hecho que se está dispuesto a pactar servicios sexuales a costo, ya sea en las butacas o sanitarios.

Ver mujeres no es común en el Arcadia, pero cuando asisten nadie les molesta o acosa. Van en grupos, la mayoría entra por curiosidad, salen a los pocos minutos. Las trabajadoras sexuales atienden alguna clientela en el lugar, o compran cigarros, la mayoría de las veces.

El Arcadia es el único cine porno de Morelia, está situado en la conocida zona rosa. Homosexuales, bisexuales, tran, travestis y heterosexuales rondan el lugar ya sea para entrar al cinema, a los baños de vapor de la zona, pactar encuentros sexuales, o terminar la fiesta en La Burbuja, con unos tacos con cerveza para cenar y poner la rocola.

La clientela de este afamado cine va y viene desde las doce el día hasta la medianoche que se apaga el anuncio luminoso que invita a pasar bajo el eslogan “El cine se ve mejor en el cine”, pero desde luego, no en el Arcadia.

2 comentarios sobre “El cine se ve mejor en el cine, pero no en el Arcadia

  • el 25 febrero, 2019 a las 10:50 am
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    Excelente crónica Wen. Felicidades por este artefacto.

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  • el 26 febrero, 2019 a las 2:17 pm
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    El Artefacto se lee y se ve chingón. Describes con las palabras como si fotografiaras: me hizo reír y rememorar esa atmósfera de un día que entre para hacer un reportaje.

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