El circo michoacano

Caliche Caroma

De Tchaikovsky a Genaro Codina, no faltó Sobre las Olas ni la Marcha de Zacatecas, el encore, claro, ¿qué más podía ser?, Juan Colorado (John Reddish). El programa fue sospechoso, quizá Román Revueltas Retes quería jugar con la ocasión, burlarse de la parafernalia. Un circo aguacatero, ates, payasitos de las tres órdenes de tacos y guardaespaldas. La música, maestro, la música. En su mayoría, las piezas escogidas para la noche del jueves quedan de lujo para las carpas circenses. Un circo, más allá de los despectivo, pero incluyendo la sorna. Haciendo malabares con los sueldos de los extras a los que no les han pagado. Allegro, arriba. Lleno semitotal, tránsito pesado en los pasillos, la crema, nata y chongos. Las filas de los que no traen boleto, “ahorita pasan”. El ron cuesta $55 pesos, vaso desechable, el vino está agrio.

Y si se considera una exageración cuando hablase de “circo”, después del intermedio vino Entrada de los gladiadores, Julius Fučík. ¿Qué dicen ahora las lenguas viperinas a propósito de la mujer barbuda? El nuevo director de la Orquesta Sinfónica de Michoacán (Osidem), fue presentado en sociedad. Ya habían dado la tercera llamada, pero tuvieron que esperar a que el mandatario estatal llegara, “Esperemos un momento”, se escuchó desde la impersonalidad en off del recinto. Y llegó tarde Silvano Aureoles Conejo, quizá sólo para llamar la atención, protocolo y representación. Con la cara en alto entró al teatro Morelos, como si de verdad el gobernador michoacano disfrutara de estos eventos artísticos. Representación. “Ingeniero, por aquí por favor”. Julián y Miguel miraban sus violines, esperaban. Ahora sí.  

El redoble de Carlos, el chillón xilófono de Héctor, los platos, el tambor enorme, Chava Rock en los timbales. Muy mexicanos los momentos sonoros, contrabajos de Karlo, Juan, Luis  y anónimo, los instrumentistas tienen nombre. La tuba con cacahuate. Las polkas a todo vapor, don Porfirio no ha muerto, ¡viva la Revolución, viva Quirino Mendoza y Cortés y su Jesusita en Chihuahua! Los músicos, grandes, talla XL, ellos son los que posibilitan la esperanza. “Nosotros somos los que más nos divertimos”, expresó/manifestó/dijo Román Revueltas (la insistencia en el humor y lo circense). Sigue la marcha, Lucía, Adriana, Chucho, Martita, más nombres de músicos, por aquí y por allá. Jueves 11 de julio de dos mil diecinueve. El reloj baila, el intermedio llega.

La Osidem también tocó Las bicicletas,de Salvador Morlet; Lindas mexicanas, Velino M. Presa; y hubo anécdota del bonito clima moreliano cuando sonó Unter Donner und Blitz, op. 324 (Truenos y rayos), de Johann Strauss. Revueltas bromeó con el público, manifestó su sorpresa por el clima tan bipolar de la capital michoacana. Los funcionarios de medio cachete no dejaban de hablar, carraspeo existencial, les hacían la segunda los de la Cruz Roja. Pero los que se llevaron las palmas de oro fueron los reporteros. Una novel comunicóloga tuvo la maravillosa ocurrencia de transmitir en vivo y a todo volumen mientras la orquesta tocaba Les Patineurs, de Emil Waldteufel. Su molesta voz era adalid en la feria del cuchicheo. El concierto como circo michoacano.

Alberto Torres, fotógrafo ubicuo, casi al final, se puso a dirigir a la orquesta con su batuta invisible. Un chavo de los de la Cruz Roja murmuró, “Éste sí sabe”. Los aburridos aprovechaban la oscuridad y el “ruido” para sacarse los mocos. Los de la Osidem se veían contentos, algunos sonreían y a otros no se les notaba lo borracho ni la falta de pago, entre tanta euforia colectiva la música sonó, y sonó muy bien. ¿Cuánto tiempo pasará para que el sindicato de trabajadores al servicio de Satanás se la haga de jamón al pariente de Silvestre y Pepe? En los baños del Morelos las pastillas desinfectantes para baño sirven de aromatizantes. Chava, Diego, Miguel, Adrián y Álvaro, los nombres de los técnicos de la Sinfónica, ¿sabía usted qué?

Epílogo

La niña corre por la alfombra del teatro, el abuelo la persigue y cuando todos aplauden, el sexagenario carga a la pequeña y la acerca a las butacas para que también aplauda con la multitud. Comienza la pieza y los dos regresan a su juego. Ya no hay programas de mano. Lo recaudado va para la Cruz Roja, los voluntarios llenan la cafetería mientras la música suena. La función debe continuar: “La democracia es el arte y la ciencia de dirigir el circo desde la jaula de los monos”, H. L. Mencken.

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