El complot Cinépolis

Caliche Caroma

La función estaba programada para las 19:15 horas, llegué tarde y tuve que pagar los $70 pesos a pesar de que unas amigas habían comprado mi boleto con antelación, la falta de celular y el tráfico moreliano se conjugaron para hacerme pasar un mal rato. Llegué a Cinépolis de La Huerta corriendo, entré a la sala 15 para disfrutar de “El complot mongol”, adaptación del libro de Rafael Bernal hecha por Sebastián del Amo.

Primero la supuesta crítica. Esta versión de Sebastián del Amo está descorazonada e incluso calca escenas completas de la que dirigió Antonio Eceiza en 1977, con las actuaciones de Pedro Armendáriz Jr., Ernesto Gómez Cruz, Blanca Guerra y otros actores de aquellos años jipitecas. En la versión de 2019 brilla la interpretación del licenciado realizada por Roberto Sosa y, ni modo que no, Damián Alcázar hace lo suyo con el personaje de Filiberto García, el policía encubierto que descubre el complot para asesinar al presidente mexicano y al que no le importa matar y dormir poco. También Barbara Mori tiene estrellita en la frente, una Martita que se la pasa preparando un café que nadie toma, pobrecita Martita.

Abuso de los efectos tipo tiras cómicas, círculos que se abren y cierran, personajes secundarios utilizados sin ningún recato, pésimas actuaciones de Chabelo y Eugenio Dérbez, a estos dos no puedes creerles ni los buenos días, elementos supuestamente internacionales que hacen enredoso lo que en la novela negra está más claro que el tequila del licenciado, en fin, el cine mexicano y sus toboganes, tristes resbaladeros por los que cae la confianza del cinéfilo.

Cinépolis y estiércol

No sólo la película tiene cosas terribles, la empresa Cinépolis es una porquería, comencemos por ahí, no le demos más vueltas. Me cuestioné, cuando iba rumbo a La Huerta, zona moreliana que huele a res muerta, pues el rastro se encuentra a un costado, repito, me pregunté a mí mismo en el camino ¿por qué no voy al cine como antes lo hacía?

La respuesta se subdividió en varios momentos. Desde el precio, setenta pesos son setenta pesos, treinta para los cien, sin hablar del costo de las palomitas, el refresco aguado o los perritos calientes sabor a cartón. Luego, el aire acondicionado es un martirio. Llevaba pantalones cortos y playera, sin suéter o chamarra, es primavera, pero me arrepentí de no haber cargado algo para abrigarme, hacía más frío que en el refrigerador donde guardan la mantequilla rancia.  

Algo que me defeca las gónadas es esa costumbre que tienen los emprendedores que trabajan para la dinastía Ramírez, ignoro si es uno de los puntos a seguir en el manual de procedimientos de Cinépolis, pero diez minutos antes de que acabe la película, a veces quince, los empleados de la empresa cinematográfica entran a la sala con su enorme bote, escoba y recogedor, uno está viendo el desenlace de la trama y estos cabrones llegan a importunar con su celeridad laboral, se quedan viendo hacia el público como diciendo, “que se vayan pronto porque aún me quedan seis horas más de esclavitud contemporánea”. Distraen mucho con esta actitud, a mí me encabrona y recuerda a los bares en donde intentas tomar tranquilo, cuando de repente aparece la seguridad del lugar o el mesero (o ambos) con vasos desechables a correrte porque “ya es hora, caballero”. No se vale, ¡te pasas, Nico, te pasas!

Platicando sobre estas incomodidades con mis amigas, de regreso, rememoramos aquellos días de oro cuando las funciones eran permanencia voluntaria, podías meter lo que quisieras a las salas, tortas de mole o huevito con jamón, y no una sino dos películas por menos de la tercera parte de lo que hoy pagas. Había gran variedad de cines en Morelia, pero los multicinemas de la Organización (criminal) Ramírez les metieron zancadilla, se quedaron con el monopolio y ahora, con la aburrida excepción de Cinemex, no hay más opciones para ver y disfrutar del séptimo arte que estos fresas e incómodos recintos.

Ojalá y algún millonario con buenas intenciones pusiera salas de cine que recuperaran la mística de la época de la que hablo, sé que es pura alucinación, aun así, tengo la esperanza de regresar a los días de ayer, cuando le gritaba al cácaro para que se apurara a proyectar la película en la pantalla, pues me urgía comenzar con esos maratones que me hicieron tan feliz en mi niñez y adolescencia. ¡Pinche nostalgia, pinche Martita!  

2 comentarios sobre “El complot Cinépolis

  • el 21 mayo, 2019 a las 5:20 am
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    Te invitamos a disfrutar del cine club Goya de la UNAM campus Morelia y de los maratones que se organizan en primavera y en otoño sobre cine de terror! además gratuito y muy apapachados por Rolando Prado.

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  • el 17 julio, 2019 a las 7:14 pm
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    Genial justo esto es lo que me faltaba para terminar mi trabajo, al fiiiiin T.T GRACIAS!

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