El Ladrón de tatuajes

Horacio Cano Camacho

El mundo del coleccionismo puede ser fascinante. La pasión con la que se persiguen objetos, se catalogan, se atesoran es incluso tema de innumerables historias. La pasión puede ser el elemento detonante del ingenio, de la creatividad, pero también, transformado en obsesión se puede convertir en algo ya no tan amable o sano.

Los límites entre el gusto por reunir objetos similares con fascinación y admiración y la pulsión por poseer algo a costa de saltar cualquier límite pueden ser tenues. Cada uno de nosotros expresa un lado de nuestro ser en donde parecemos cómodos, socialmente bien adaptados, obedientes y conscientes, pero dentro puede estar otro, lleno de pasiones, obsesiones: creativo y rebelde. Este lado es el propenso a coleccionar y suele ser una pasión un tanto solitaria, a veces incluso, incomprendida por nuestro círculo.

Yo colecciono cosas, me gusta y resulta placentero. Tengo entre otros objetos, una pequeña colección de sacacorchos que he reunido poco a poco y de innumerables viajes en los que aprovecho para mirar en los mercadillos de viejo… Algunos los compro, otros los intercambio y unos más han sido regalos de quienes conocen esta afición mía. Me he encontrado piezas preciosas, pero que rebasan mi capacidad de pago o me parecen excesos de algún modo y por supuesto, me quedo con las ganas. Mi afición está muy lejos de la pasión del verdadero coleccionista. Lo mío es un gusto, un pasatiempo.

Se pueden coleccionar una infinidad de cosas: hay quien reúne rocas, otros coleccionan marcas de productos, tazas, libros, discos, y claro está arte y aun cosas muy extrañas. Hace algún tiempo un vecino mío se enteró, no se por que caminos, que yo viajaría a Roma, entonces se presentó a casa y me pidió le comprara una estampa del nuevo Papa. Me dijo que él tenia tarjetas de todos los papas desde 1939 en que (creo) asumió el pontificado Eugenio María Giovanni Pacelli o Pio XII. El asunto es que todas sus estampas habían sido compradas en Roma, en el mismo Vaticano –ese era su valor- días después de ser ungidos y pues quería encargarme una de Francisco, quien recién había asumido el cargo… Así que allí me tiene comprando la famosa foto a unas monjas de una tienda en un tejado del Vaticano quienes me timaron porque era “recién bendecida”… el asunto es que mi vecino nunca ha estado en Roma.

Creo que la satisfacción del coleccionista es la misma, independientemente de los objetos que atesora. Un personaje muy enigmático y terrorífico de John Connolly (uno de los mejores del género negro contemporáneo), llamado “el coleccionista” va reuniendo cosas asociadas a crímenes: trozos de cristal encontrados en el lugar, un encendedor, un retazo de tela de la víctima. Objetos que tal vez solo tienen significado para él…

En fin, este largo preámbulo es para presentarles la novela que hoy les recomiendo, porque trata de un coleccionista. Pero este no persigue objetos cotidianos, afiches, pines, esculturas, ni siquiera un cuadro. Su objeto de deseo son los tatuajes, pero los tatuajes con todo y la piel que los porta…

Se trata de la primera novela criminal de Alison Belsham, El ladrón de tatuajes (Siruela, 2018. Colección:Nuevos Tiempos 367, ISBN:9788417454593), el primero de una trilogía protagonizados por el inspector Francis Sullivan y la tatuadora Marni Mullis.

Sin duda se trata de un thriller de gran nivel. Nos mantiene pegados a sus páginas mirando entre su personajes, primarios y secundarios, todos de una gran riqueza, pero sobre todo, nos sumerge en el mundo de los tatuajes de una manera muy inquietante.

El argumento es sencillo, en apariencia. Un policía es ascendido a un puesto de mando y le toca de inmediato un caso de asesinato muy extraño. La artista de tatuajes Marni Mullis descubre un cadáver en un contenedor de basura. Este muestra evidencias de haber sido mutilado para arrancarle la piel y Marni deduce que se trata de un tatuaje, lo cual la convierte de inmediato en el mejor referente para enfrentar a un monstruo que disfruta arrancando la piel grabada de sus víctimas mientras aun están vivas.

Marni se convierte así en el personaje principal. Invitada frecuente a festivales y convenciones de tatuadores es la mejor guía para adentrar al inspector Sullivan en un mundo que desconoce y rechaza por su conservadurismo católico. Pero Marni es a su vez víctima de su propia historia y este caso va develando conexiones extrañas y complejas.

Este es sin duda una novela negra muy original y adictiva. Nos guía por un mundo del arte en el cuerpo, los enigmáticos artistas y una obsesión que puede llegar a extremos. Prepárese: la descripción del desollamiento de las víctimas es detallada, fría y morbosa, como una manera de meternos en la piel del coleccionista y a lo que está dispuesto a llegar, pero también dispóngase a ver un lado muy sensual y quizás erótico de los tatuajes, de una manera que los legos, como yo, nunca lo habíamos pensado y seguro ya no podremos ser indiferentes ante los tatuajes.

Me parece un libro para iniciarse en el bufet negro con una historia vertiginosa y muy bien llevada. Todos los personajes están muy bien construidos y tienen algo que aportar, haciendo la lectura atractiva y nada predecible. Yo espero con ansias los siguientes dos libros que seguro serán dignos de coleccionar…

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