“El orgullo cura”

Raúl López Téllez

El contingente festivo irrumpió en el mundo de los “normales” al grito de “¡Todos estamos locos!”. Cruzó en medio de policías con pancartas demandantes, con un megáfono que aventaba dardos: “no al terrorismo médico”. Su lema: “El orgullo cura”. Así se cumplió la cuarta marcha en Morelia por el Día del Orgullo Loco.

Por fuerita de Capitán Papa, una pareja los ve pasar, sin ningún gesto. El día pareciera uno más a no ser por las vallas y vallas y mucha mucha policía que en la Avenida Madero le quieren cuidar muy bien el pastel a la vieja ciudad de piedra.

Pero el contingente va: “Las cárceles enloquecen no resocializan”, “El enamoramiento es una locura”, “No a los electroshocks”.

Frente al Palacio Federal, otra pareja se asombra al paso de la respetable marcha que al unísono corea: “Se va a acabar, se va a acabar esa costumbre de encerrar”; la mirada de los policías en cada esquina y otros muchos que también son indiferentes al desfile que partió desde el Jardín de Villalongín hasta el local de la asociación civil Futura, donde el festejo seguiría con un documental, danza, un grupo de tango y exposición de pinturas.

El Quijote en Villalongín

Las actividades por este Día del Orgullo Loco se cumplieron de acuerdo a la agenda prevista: a las 16:00 horas en Villalongín un público sentado en torno a una cuentacuentos se recreó con las muy particulares versiones de El Quijote de la Mancha y una fábula, que activaron la participación del respetable reunido, más allá del grito de una doña al pasar por el lugar: “¡Yo también estoy loca!”.

El Día del Orgullo Loco surgió en Canadá en 1993, explicaron, de donde se expandió al mundo. En México, Morelia y Querétaro han sido las ciudades que por cuarto año celebran la fecha.

Ahí, frente a la Minerva que no cesa de vaciar su ánfora, los organizadores señalaron que el Día del Orgullo Loco era “un acto político por desmitificar el estigma” de lo normal y lo anormal, la razón y la locura. Una “élite del conocimiento”, denigra a “lo loco” y establece tratamientos que van en contra del derecho humano a la salud mental.

“Menos pastillas para dormir y más abrazos para despertar”, fue la consigna con la que se cerró el discurso.

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