En el espacio público

  Jesús Alveano H.

Cuando una anda en bici, casi siempre se ve rodeado de autos, camiones, motocicletas, taxis y alguno que otro peatón (je je), con quienes se supone que comparte un espacio.

Sin embargo, lejos de ser compartido, es algo por lo que se suele luchar encarnizadamente y con fuerzas desiguales.

El automovilista –por ejemplo-, cuenta con la complicidad de la mercadotecnia y la publicidad, que en la telera, el cine y la prensa –entre otros medios-,  hacen sentir a todo mundo, que el carro es el dueño de calles y carreteras sin ninguna duda-

Los anuncios del televisor –como muestra-, nunca muestran ningún otro medio de transporte, ni compartiendo ni rivalizando con el auto: casi siempre se ve calles vacías o carreteras e incluso montañas, donde el producto de Henry Ford, se enseñorea. Más aún, el poseedor de tales vehículos, suele exhibir prestigio y poder económico, cuando no se le ve acompañado de damas con atractivos de más de una índole.

Solo que dichos anuncios “olvidan” que la realidad es otra: las calles citadinas no son paraísos para el tráfico, sino marañas de vehículos que se enfrentan en la tarea de llegar más pronto, con el menor número de inconvenientes.

Y claro, en la selva de asfalto, “el que tiene más saliva traga más pinole”. El auto motorista del año, sabedor de su potencialidad, trata de rebasar a los demás, sin más freno que su habilidad para sortear obstáculos, sin importarle las señales de tránsito que alguien puso allí, ni los demás conductores, que parecen puestos para molestar al autohabiente.

Los urbanistas (esto es, los que manejan camiones urbanos), al tener que cumplir con horarios y cuotas de pasaje, se la pasan corriendo –cuando pueden-, o marchando a paso cansino, para lo cual no les interesa ni el tiempo de los pasajeros, ni el espacio de los demás callehabientes.  Por ello,  cuando le echan a uno “la lámina”, se sienten también ellos, dueños de rúas y avenidas, pues para eso les pagan.

Los motociclistas y sus hermanos menores los motonetistas, “no cantan malas rancheras”. Ellos zigzaguean a toda hora y en cualquier espacio por inimaginable que parezca, sabedores de que el factor sorpresa dejará con un palmo de narices a todos los demás usuarios del espacio. Si ocurre un accidente, se sorprenden de que –los demás-, los culpen de imprudencia.

Los ciclistas –o por lo menos algunos de ellos-, también quieren reivindicar su derecho al libre tránsito; por ello, a veces se pasan el alto “cuando no hay moros en la costa”; se suben a la banqueta “al fin que casi no hay peatones”; circulan en sentido contrario “al fin que no viene nadie” o cometen otras infracciones “al fin que nadie les dice nada”.

Todo lo anterior hace pensar que –en realidad-, al único al que pertenece la calle, es al peatón: abajo del vehículo todos somos viandantes. El transeúnte camina a ritmo humano; su trayecto, suele ser corto; su  anatomía impreparada para los golpes del tránsito, le deja muy vulnerable a contingencias como las descritas; y su humildad que no se anuncia ni se vende, puede devolverle –después de todo-, la propiedad del espacio público, que nada ni nadie debió expropiar.

Agradeceré sus comentarios a: jesusalveano@gmail.com

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