¡Es que somos muy ricos! II

Ismael García Marcelino

¡Baila el indio pobre, ataviado, sonriente!, y ahí está la mina de oro, pero sólo para las instituciones, no para los pueblos indígenas.

Las danzas tradicionales son una expresión ritual ceremonial que se suscita durante la celebración de la fiesta patronal con propósitos reverenciales y de pleitesía a deidades visibles en imágenes de santos y crucifijos, estampas o representaciones en figuras volumétricas que la gente llama “de bulto”. A ellos están dedicados sus rituales y su legitimidad está en el consciente colectivo.

Para que la danza, un acto social que va más allá del movimiento corporal, tenga el sentido ritual ceremonial que las comunidades le atribuyen, se necesitan las razones para celebrar como elemento central. Para que tales aconteceres festivos se susciten es indispensable el contexto de la fiesta lo mismo que la fiesta necesita de estos componentes. Se necesitan recíprocamente; sin lo uno no hay lo otro, estas condiciones que la hacen posible, ocurre un día y en un momento que no son ni un día ni un momento cualesquiera, sino el día del santo patrono, una fecha en torno a él —la víspera, la octava, el novenario—, y es ejecutada por personas de la comunidad cuyos vínculos con ella y con su territorio establecen momentos difíciles de desconocer.

La designación de cargos reviste una particular importancia para la fe de una comunidad que lo lleva a ofrendar música, danza y todo lo que la fiesta suscita: el encuentro, la conciliación, la palabra, los humores, la tradición oral, entre otros aconteceres. Ocurre en sitios estrechamente relacionados con lo sagrado y anclados a puntos identificados dentro del territorio: la iglesia, donde está el santo; la casa del carguero, donde hay un santo y habita una persona con investidura de autoridad, que ostenta un bastón de mando; los cruces de caminos que la gente suele llamar “las cruces”, puntos de lo sagrado que delimitan el territorio. Eso, y no la imagen reelaborada para la venta a los visitantes, es lo que construye la identidad y la sostiene.

En el contexto que se discute para la “Consulta libre, previa e informada para el proceso de reforma constitucional y legal sobre derechos de los pueblos indígenas y afromexicano”, dentro de la propuesta nacional del actual gobierno, el Estado deberá asumir la tarea de reconocerles a los indígenas el derecho a la libre determinación y la autonomía; los derechos de las mujeres indígenas; identificar (o aprender a hacerlo) y proteger lo que valen su patrimonio cultural, sus conocimientos tradicionales y la propiedad intelectual colectiva, así como el derecho fundamental a la migración de indígenas y jornaleros agrícolas en contextos urbanos y fronterizos, entre otros preceptos (dieciséis en total), que no pueden quedar rezagados en ningún nivel de gobierno, para no hacernos pensar que la transformación de la que tanto se habla es otra broma.

Aunque haya quien acepte el manoseo turístico, que resulta de la idea de desarrollo que, con la complacencia de gremios e instituciones, el Estado impulsa y algo obtiene de la confusión, es grotesca y engañosa, pues es sólo la reproducción para el espectáculo, lo que se arremeda para una plaza pública.

Eso no es desarrollo cultural aunque a tal comercialización quieran llamarle apoyo; por más que les valga la pena, por el dinero que aporta. Pero, igual que quien alquila a sus hijos quisiera no tener que hacerlo, hay personas a quienes les gustaría no poner a la venta sus fiestas, ni las expresiones de alegría, devoción o tristeza, que nuestro acto de rezar a las ánimas no estuviera tan manoseada; en fin, que no voltearan a mirar nuestra riqueza cultural, ésta que al Estado en realidad no interesa, pero le inspira para mantenernos pobres y perseguirnos y, en cada ciudad, echarnos de su centro histórico.

Deja un comentario