Francisco Javier Larios y la generación del desencanto

Raúl López Téllez

A sus 24 años, Francisco Javier Larios Medina (Zamora, 1957) recibió el Premio Estatal de Poesía en 1981, antesala de su participación en el Festival Internacional de Poesía que con grandes figuras de la lírica universal –Jorge Luis Borges entre ellos-, proyectó la creación local del autor de Variaciones sobre una misma obsesión y otras bagatelas, obra inicial que hasta ahora supera más de diez títulos.

Heredero de la cátedra de Literatura Mexicana que impartiera el poeta y santón de la poesía estatal, Ramón Martínez Ocaranza, Larios se mantiene como catedrático de la Universidad Michoacana sin dejar su vena de poeta. A diferencia de aquellos años juveniles, se dice lejos de los reflectores y metido en un quehacer más íntimo de la escritura. “Casi que para la familia”, dice quien fue incluido en la antología de poetas nacidos entre 1943 y 1969, Continuación del canto. Muestra de poesía michoacana, reunida por Gaspar Aguilera Díaz (Instituto Michoacano de Cultura, 1990).

En una plática con el-artefacto, ante una taza de café entre risas y gestos reflexivos, hace el balance de una cultura y literatura ahora en mano de otras generaciones, de tiempos idos con un siglo donde incluso, dice, los funcionarios del sector se interesaban y hasta acudían a las presentaciones o conferencias.  

Antologado que ha terminado en antologador a su vez, Larios publicó La generación del desencanto en 2009, sobre poetas que publicaron en los años 80, así como la antología publicada en el 2017, Muestra centenaria de poetas nicolaitas, a propósito de los 100 años de fundación de la UM.

En su balance del tránsito de poesía y poetas hay pérdidas o desviaciones, como el mantenerse aferrados a un concepto mitificador de la llamada poesía michoacana. Los relevos generacionales no perdonan y hoy los jóvenes no saben quiénes son los vates que en su tiempo se enseñorearon como pilares, tal es el caso de Ramón Martínez Ocaranza, afirma.

Del desencanto a la tutela tecnológica

-Comentabas que éramos sobrevivientes de una generación. En tu caso, si le tuvieras que poner nombre a tu generación, ¿cuál sería?

“Ya le pusimos nombre, sería de la del desencanto; algo muy dicho, porque finalmente toda generación es una generación desencantada, de su desarrollo biológico, de su cronología, se convierte de su momento paradisíaco, idílico, utópico incluso puesto que sueña como todos los chavos por un mundo feliz o mejor. Se le pueden poner muchos adjetivos, pero yo me quedaría con el del desencanto. ¿Porqué? Porque finalmente el siglo 20 ha sido hasta ahora el más vertiginosos en transformaciones, en muchos tópicos y en conflictos, incluso, aunque los del siglo XXI no le piden nada, que tuvieron una dinámica muy intensa, muy abrupta, que se resolvieron o no pero se desarrollaron de una manera vertiginosa”, y alude a los suicidios colectivos de fanáticos en algunos tramos de los año noventa. “Ahora no, el suicidio es más lento, más seguro, más globalizado”, aventura.

-¿Encuentras una línea de continuidad respecto a esas corrientes poéticas de finales del siglo XX, con los poetas que llegan hasta hoy en el estado?

“No. Yo veo muchos puntos de ruptura, incluso hasta en la forma del hacer y percibir la literatura. Por eso a mi generación le cuesta mucho trabajo adaptarse a las nuevas circunstancias. En todo el acto que han generado las tecnologías, los medios nuevos, las redes, esto hace que la información sea más rápida pero que también genera otro tipo de problemas, como que la privacidad se pierda, que la relación entre los sujetos se vuelva más banal y más superficial, cuando no están contactando a alguien, mirándolo a sus ojos, escuchar su voz, los tonos y sus miradas, todo lo que nos permite percibir al otro en su humanidad, aunque los medios nos hacen creer que tenemos contacto inmediato…. Creo que esto ha impactado mucho la forma de hacer literatura y del arte en general. Hay muchas ventajas, ya no es complicado hacer llegar tu mensaje, tu creación o tu obra a cierto público, pero el arte en el siglo XX tenía medios más convincentes, más idílicos, más sensuales, en eso mi generación está perdiendo contacto con los nuevos creadores, me siento un poco inadaptado en ciertas circunstancias, y te lo digo como profesor de literatura, que me cuesta trabajo relacionarme o interconectarme con los chavos, cuando ellos obviamente traen mayor velocidad en la información pero también lentitud en otros aspectos; más allá de las limitaciones gramaticales o hábitos de lectura, me parece que viven una rapidez en la percepción de la realidad, pero ¿por qué rechazan el romanticismo?”, cuestiona, al igual que le asombra la facilidad con la que, pese a “tener algunos rengloncitos torcidos”, los jóvenes escritores sin más “se asuman como poetas, lo cual no está mal, pero necesitamos más audacia que capacidad y experiencia para publicar”.

De santones y el oficio personal

-En tu relación con esa figura “santificada”, como la has denominado, con Ramón Martínez Ocaranza, ¿ni hay otro poeta o por qué se dimensiona tanto su estatura?

“Para muchos Martínez Ocaranza ya no les dice nada, a los jóvenes, a mi generación sí, algunos lo santificaron demasiado pero no lo leyeron suficiente; en ese punto estoy de acuerdo con lo que escribió Sergio Julián Monreal recientemente, de que se le ha mitificado pero sin conocerlo. Lo que pasó es que las instituciones, lo institucionalizaron, requerían de este tipo de santones para autojustificarse y fortalecerse, por muy contestatario que haya sido su discurso y su obra, incluso contra las mismas instituciones, éstas lo procesan y lo adaptan, lo santifican, no dudo que en algún tiempo la Facultad de Letras lleve su nombre, ya al auditorio ya se lo pusieron…”.

-Existen los poetas o escritores que den cuenta de la barbarie que estamos viviendo?

“Tal vez no aparezcan todavía ante los reflectores, pero seguramente que alguien estará haciendo algo sobre eso; quiero pensar que en un futuro no muy lejano van a aparecer las obras de esos autores, porque la circunstancia y el mundo actual no puede quedarse sin cronistas, de los testimonios, por más que lo que hagamos pueda parecer desechable”.

-¿Sigue prevaleciendo en tu caso la figura del poeta?

“Sí, como un oficio personal, sin la publicidad que a veces se buscaba a los 20 o 30 años, hasta entendible”.

-¿Te ayudó esa revelación en su momento, cuando ganaste el Premio Estatal de Poesía, te formó como poeta, la del joven reconocido?

“Halaga mucha la vanidad, te ayuda con las becas, los premios, pero como escritor no te hace más o menos escritor; tengo cinco años o más que no publico ningún poema, pero tengo mi material inédito que no tengo urgencia ni necesidad de publicar como la tuve en décadas pasadas, ya no con esa pasión juvenil de sentir que me estaba comiendo al mundo… Uno tiene muchas certezas cuando está joven, incluso nos damos el lujo de ser jueces. Después de los 50 uno empieza a perder muchas certezas, aumentan más las dudas”, sensación que, reflejada en la poesía, se convierte “en un divertimento interno”, señala al aludir al último de sus libros, inédito, Versos expósitos y palabras en retozo, “la poesía como juego lúdico, pero no nada más a jugar inocentemente, sino con la posibilidad de hacer de la literatura una aventura”.

 -¿Hay más espacio para el desencanto?, se le cuestiona sobre el ambiente cultural de la ciudad, el cual de entrada advierte a la baja.

“Creo que sí, no sé si sea mi deseo de alimentar la tragedia, pero sí hay mucho material hacia el desencanto, cuando en mis tiempos en una semana había más de 20 eventos culturales, conciertos, lecturas y no en un solo lugar, los funcionarios ahora tienen otro perfil, antes me acuerdo que estaban en las presentaciones de libros, en las lecturas, es otra sociedad, yo los veo más preocupados por la nota roja, por lo inmediato, por la subsistencia, la situación del barco que se está hundiendo”.

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