Jesucristo Gómez, camino al Calvario

el-artefacto

“Ahora serás pepenador de hombres”, le dice Jesucristo Gómez a Pedro, uno de los recolectores que se han reunido en torno a aquel para propagar su obra.

El cuadro es parte de la novela El Evangelio de Lucas Gavilán, de Vicente Leñero, una recreación demasiado particular del profeta bíblico, desarrollado e interpretado en el ámbito agreste de un México donde el personaje principal les habla a los marginados desde la figura subversiva.

Los fragmentos que aquí reproducimos, corresponden a la aprehensión de Jesucristo Gómez y su traslado en una patrulla, “camino al Calvario”.

…….

“Lo sacaron de la celda, alguien le robó su chamarra, y a empujones lo metieron en una camioneta pánel. Era otra celda más, rodante y sucia. La única luz le llegaba por un par de ventanillas enrejadas, abiertas en la parte superior de las puertas traseras.

“Con Jesucristo viajaban dos presos y dos policías uniformados, uno de éstos chimuelo. Los cinco iban sentados sobre el piso trepidante.

“Apenas la camioneta se puso en movimiento, el preso que tenía los cabellos hasta los hombros preguntó al policía chimuelo:

“-¿A dónde nos llevan, mi cabo, se puede saber?

“-A la chingada-respondió el policía.

“El compañero del preso, un hombre chato de piel cetrina, soltó una risotada y comentó con sarcasmo:

“-Cómo ha progresado la educación de la autoridad, ¿no te parece?

“-Cállese pendejo –gritó el policía amagando con el puño un golpe que no tenía intenciones de lanzar.

“-No se enoje, mi cabo.

“-¡Cállese!

“La tos de Jesucristo llenó el silencio provocado por el grito del policía. Desde que estaba en la celda de la procuraduría de Toluca había empezado a sufrir aquellos accesos interminables; parecía como si de un momento a otro fuera a arrojar las vísceras y el alma misma; terminaba ahogándose, sangrando por la boca, sacudido por los escalofríos. Después, la respiración jadeante, furiosa.

“-Carajo compañero, se está usted muriendo-, dijo el de la piel cetrina-. ¿Pues qué le hicieron?

“-¿No ves, buey? –dijo el del pelo largo-. Trae una madriza de días, ¿o no?

“Jesucristo asintió tratando de sonreír.

“-Por ésas tú nunca has pasado hijo-, continuó el del pelo largo.

“-Tú qué sabes.

“-Bueno, yo no. El día que me chinguen así me cae que me muero.

“-Son unos hijos de su pelona.

“-No saben lo que hacen –dijo Jesucristo.”

…….

“La fatiga impedía hablar a Jesucristo. Sudaba a chorros y los accesos de tos se le presentaban cada vez más seguidos. Meneó la cabeza en lugar de responder al del pelo largo.

“-¿Cómo te llamas? –preguntó éste.

“-Jesucristo Gómez.

“El de la piel cetrina peló tamaños ojos. Enderezó la espalda y dobló las piernas como escuadars, a manera yoga:

“-¿De veras tú eres Jesucristo Gómez? No me digas, carajo, mira qué cosa.

“-¿Lo conoces? –preguntó el de pelo largo.

“-Lo oí hablar una vez en Iztapalapa… Anduviste por Iztapalapa, ¿verdad?

“Jesucristo movió afirmativamente la cabeza.

“-Si me acuerdo rete bien… Pero no eres ni tu sombra, cabrón, qué jodido estás.

“-¿Era merolico?

“-Más o menos- dudó el de la piel cetrina.

“-¿Y qué vendía?

“-No, no vendía nada. Hablaba de justicia y de quién sabe cuántas chingaderas. Se soltaba duro contra las autoridades, ¿no es cierto?… Pero lo hubieras visto cómo hablaba de recio y de encabronado. Y la gente, pendeja como siempre, se quedaba con la bocota abierta nomás oyéndolo. Los dejaba lelos. ¡Puta, hasta a mí me impresionó!”.


El Evangelio de Lucas Gavilán, Vicente Leñero. Seix Barral, México, primera edición, noviembre de 1979.

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