La vergüenza de ser un bastardo

Josafat Pérez Velázquez

“La vergüenza de ser un hombre, ¿hay acaso alguna razón mejor para escribir?”  —pregunta Deleuze en La literatura y la vida—.

Gonzalo Trinidad Valtierra hace eco de esta máxima, al mostrar en sus cuentos las desventuras, traiciones, equívocos y cambios de ruta en el camino de sus personajes, como si los trayectos estuvieran trazados circunstancialmente por un daimón alevoso: la mano del destino. 

Esa vergüenza, que poco tiene que ver con la culpa o el arrepentimiento, es asumida por varios personajes como un amuleto que refulge en la traición del hombre que vende a su compadre con el cacique del pueblo, por unos cuántos pesos, o en el cantinero que se forra de billetes lucrando con un muertito del que mucha gente se despide invitándole un trago; también aparece en la renuncia del crápula que prefiere morir en el sosiego del lecho, a salvar una vida malgastada, y en el ajuste de cuentas con un medio hermano al que hay que matar por el bien de la familia. 

Es un cinismo tragicómico: la des-vergüenza. 

Quizá por eso es que “DIOS PREFIERE A LOS BASTARDOS, a los hijos de perra”, a los que culeréan y andan tentanto los límites, “jugándole al vergas” muy acá, como gallos giros. Son sus emisarios, portadores del mensaje… educadores a fuego y sangre. 

Por ello en las narraciones de Gonzalo hay asesinos, teporochos, pederastas, ministeriales, niñas malditas, güeros supremacistas y delincuentes de toda laya como el Rajadiablos, quien “se había ufanado muchas veces de haber asesinado con sus propias manos. Incluso de haber violado a más de una mujer” (p. 53). 

Pero también hay rebeldía y venganza, como en “Agenda negra”, cuento en el que una inmigrante europea mata al detective blanco que andaba tras las pistas de Vincent, hijo de su empleada doméstica, ávido lector y posible miembro de las Panteras negras. 

Mientras unos cuentos ensayan el tono rulfiano, otros se sostienen en la descripción; algunos buscan sorprender al lector y otros lo llevan de la mano a un escenario de atrocidades, previamente anunciadas con un guiño. 

En otros se apuesta más por el humor que por el género negro, como “Albóndiga”, un perro harto de vivir cautivo en un décimo piso, que experimenta la libertad de la calle al huir de su hogar, se convierte en trasunto del “eterno pretendiente” de la dueña del can, que renuncia a ésta y adopta al animal con quien compartirá el gusto por una “morenaza”, empleada de una panadería.  

Sobre el humor y los temas espinosos, se agradece que el autor escriba sin tanto miramiento en relación al deseo por las ninfetas (“El tábano del placer”) y al racismo (“El negro puro” y “Agenda negra”). De esa manera contraviene al “decir timorato” tan extendido en la arena pública, gracias a ese chancro contagiado por la academia y los medios de comunicación llamado “corrección política”.

Tal vez la bastardía para el escritor contemporáneo radique en esa defensa -cínica si se quiere- de la libertad; en no achicarse frente a los mandatos impuestos por los censores, llámese a éstos público, editores, prensa, crítica o mercado. 

Para decirlo con Juan José Saer: “el escritor debe negarse a representar cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aún cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad. Todo escritor debe fundar su propia estética -los dogmas y las determinaciones previas deben ser excluidas de su visión del mundo. El escritor debe ser, según las palabras de Musil, un “hombre sin atributos”, es decir un hombre que no se llena como un espantapájaros de certezas adquiridas o dictadas por la presión social, sino que rechaza a priori toda determinación. […] En un mundo gobernado por la planificación paranóica, el escritor debe ser el guardián de lo posible”.


Este texto fue leído por el autor durante la presentación del libro de Gonzalo Trinidad Valtierra, realizada este viernes 17 de mayo en Morelia.


Dios prefiere a los bastardos, Gonzalo Trinidad Valtierra, Vodevil Ediciones, México, primera edición, 2018, 135 páginas.

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