Leer, ¿cómo y para qué?

Raúl López Téllez

Si bien en México persiste el fenómeno de contar con editoriales prestigiadas al lado de pocos lectores, lo cierto es que el fenómeno de crear un hábito por la lectura y por ende, por el libro, ha tenido pocos esfuerzos consistentes para encauzarla.

La importancia de un entorno donde los libros sean parte de lo habitual, de lo cotidiano, de lo inmediato, es la fórmula más efectiva para que se creen lectores potenciales, señalan tres escritores para el-artefacto en el contexto del Día Internacional del Libro y del derecho de Autor, quienes destacan que lo loable es que exista el acto y gusto por leer, sin ponerle adjetivos o imponer criterios personales sobre la presunta calidad o no de los contenidos.

Sin recetas

Omar Arriaga Garcés recuerda que Gabriel Zaid, hace alrededor de 40 años hacía notar que en México se vivía en medio de una industria editorial vigorosa ante “un subconsumo en la lectura”.

El periodista cultural y coordinador del primer volumen de la antología Posibles dioses (Silla Vacía Editorial), coincide a pregunta expresa en que los programas oficiales tendientes a inculcar o imponer el hábito de la lectura son un fracaso. Estas intenciones, dirigidas desde el nivel preescolar hasta licenciatura, consideran “que si haces 20 minutos de sentadillas vas a tener una vida saludable”, lo que es cuestionable como método si desde la infancia no se vive en un entorno de familiaridad y convivencia con la lectura.

Destaca que actualmente la gente lee a través de las redes sociales o el Facebook, donde estas alternativas “depende de lo que lea uno, pero han potenciado contenidos que sí se leen; ya qué es lo deseable leer o no, o si es bueno o malo lo que se lee, creo que cada quien lo definirá”.

Subestima que proyectos como los del Fondo de Cultura Económica de generar ediciones a bajo costo, provoquen el acto de la lectura por sí mismos, ya que “más bien se dirigen a quienes sí leen” y no a quienes carezcan del hábito, al editarse autores con una trayectoria o simbolismo en un contexto dado, como Alfonso Reyes. Pone en duda incluso que sean proyectos a largo plazo o con largo aliento, ya que por los costos de producción, es cuestionable si habrá un proyecto realmente como tal de fomentar a la lectura o bien solo el deseo de sacar de bodegas los materiales acumulados por largo tiempo, ya que los costos del papel o de correctores y diseñadores, difícilmente podrían estar soportados en ventas a bajo precio.

Finalmente, dice, “que cada quien lea lo que le guste, si no le gusta que lo aviente, si no es para ti, déjalo”.

Salas de lectura desmanteladas

En la visión de Gunnary Prado Coronado, dramaturga, no todo el esfuerzo oficial por intentar generar el hábito de la lectura es malo. Recuerda el proyecto de las salas de lectura que impulsó el Instituto Nacional de Bellas Artes, del que pondera la capacitación que se impartía a los participantes, que después pasaron a funcionar desde la casa de los promotores y su paulatino desmantelamiento por la falta de apoyo de la Secretaría de Cultura estatal.

A diferencia de otras entidades, señala, las salas de lectura no lograron articularse socialmente y su actual funcionamiento depende enteramente de decisiones personales, por lo que en el contexto local en vez de avanzar se retrocedió.

Considera que no se debe prejuiciar la calidad o no de lo que leen los jóvenes. Ejemplifica con el caso de la saga Harry Potter, que para algunos criterios se podría considerar de baja calidad literaria, “pero es cierto que es un camino loable (….), el proceso no es por donde empiezas (a inducir el hábito de leer), sino qué se acerca para que se consoliden estos hábitos, hay que acercar lo que no está en casa, lo que no se tiene por falta de recursos”; al igual que ocurre con los comics, de los que destaca en las corrientes actuales no sólo su riqueza artística o ilustrativa, sino la existencia de un discurso narrativo y literario, considera que en las nuevas tecnologías y sus contendidos “se deben hacer a un lado los prejuicios, sin considerar que sólo porque leíste a los clásicos eres un buen lector”.

Bodegas vs. lectores

Margarita Vázquez Díaz, poeta y coordinadora de un taller literario en la Casa de la Cultura, con varios años dedicada a promover la lectura y la escritura entre niños y jóvenes, destaca que hablar de la difusión del libro desde el punto de vista oficial es aludir “a mucha bibliografía atrapada en las bodegas”.

“Se ha carecido de un proyecto de difusión elemental; permea la improvisación y la falta de difusión, sin generar la accesibilidad de los libros a la gente, muchos títulos se editan por compromisos”, por lo que el esfuerzo editorial pierde su sentido. Considera que para acercar el hábito por la lectura este acercamiento es fundamental. “Hay que difundir los libros en las escuelas, en las bibliotecas, regalar libros, hablar de ellos”, para hacerlos parte de lo cotidiano.

De esos intentos alude a cuando en el siglo pasado, en las tiendas Conasupo se distribuían historietas basadas en textos literarios como los de Vicente Riva Palacio “a precios accesibles, en lugar de cicles o papitas”. Un esfuerzo similar podría ser el que emprendió Paco Ignacio Taibo II al frente del Fondo de Cultura Económica, dice, al lanzar tirajes de obras cortas a precios demasiado bajos, desde 10 a 40 pesos.

Pondera que en el cruce con los nuevos lectores, las tecnologías sean herramientas importantes para acceder a contenidos, y aunque llama a no ver el fenómeno con prejuicios, señala que “no todos buscan opciones para acercarse a la literatura, es decir, no la ven como una herramienta posible”.

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