Libertad, Igualdad y Fraternidad

Jesús Alveano H.

Recién terminado el Tour de France, al escribidor de esta columna, se le ocurrió que la cicla, puede ser un motor para impulsar los ideales de la Revolución Francesa.

En efecto, cuando uno mira el desplazamiento de cualquier ciclista, no puede dejar de sentir su autonomía e independencia; no está sometido a carriles ni límites de velocidad; casi cualquier obstáculo se puede librar con facilidad y el avance puede ser constante, pese a congestionamientos de tráfico o manifestaciones sociales.

De tal modo, el velocípedo, se convierte -gracias a su movilidad-, en un promotor de la libertad, al alcance de cualquier bolsillo. Uno puede ir donde quiera, a la hora que desee y sin más restricciones que su buena salud y una bici en condiciones de buen funcionamiento.

La igualdad, puede descubrirse de varias maneras, sobre la bici. Por ejemplo, una mujer y un hombre, montan exactamente igual sobre el vehículo; se impulsan del mismo modo y alcanzan -en términos generales-, la distancia y velocidad promedio, que puede lograrse en la ciudad: unos 20 kms., por hora.

De modo análogo, pueden andar en bici, pequeños desde los 2-3 años, en esas simpáticas maquinitas de madera, sin pedales, que recuerdan a Pedro Picapiedra en su troncomovil, hasta personas de la tercera edad, sin mayores diferencias.

Respecto a la fraternidad, la socialización de uno sobre ruedas es un hecho comprobable: como la velocidad  que se alcanza no es muy distinta de la de peatones, es común saludar a conocidos y familiares, casi sin desmontarse. Incluso uno puede saludar a otros ciclistas –conocidos o no-, con quienes se coincide en la vía pública. Más aún, entre manejadores de una baika, suele haber una camaradería que se refleja cuando uno sufre una pinchadura u otra descompostura: casi siempre le dan a uno una mano.

De manera que la afirmación sobre el valor del empleo de la cleta, en labores de construcción de ciudadanía, puede sostenerse vigorosamente; un aspecto interesante de esta postura, estriba en el hecho de que –su influencia-, surge a partir de una decisión personal, espontánea, voluntaria de quien –él o ella-, usa dicho medio de transporte, en el espacio público que está compuesto por calles, avenidas y carreteras, tanto estatales y rurales como vecinales.   

No en balde, a lo largo y ancho de México, han brotado asociaciones de ciclistas urbanos, que han dado la palabra a esos usuarios de las vías, para que niños, niñas, jóvenes y adultos, casi siempre de escasos recursos económicos, puedan movilizarse en ellas, compartiendo con el transporte público, el motociclista, el cochepropietario y –desde luego-, el peatón,  en una actitud con democracia que hace mucha falta.

El tejido social mexicano tan debilitado por las violencias, aspira a tener más y mejores ciudadanos.

Agradeceré sus comentarios a: jesusalveano@gmail.com

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