Los costos de las maternidades disidentes

Eduardo A. Chávez

Ser madre y ser esposa —“madresposas”, como las llama Marcela Lagarde— consiste para las mujeres en vivir de acuerdo con aquellas normas que las destinan a ser de otros y para otros: “realizar actividades de reproducción y tener relaciones de servidumbre voluntaria”. Sin embargo, hay mujeres que desafían ese lugar de sacrificio, abnegación, subordinación y opresión que les reserva la cultura patriarcal: ¿cuáles son los costos que pagan por ello?

La doble carga de las madres independientes

Para Itzel García, madre desde los 17 años, todavía se sigue considerando la norma una familia compuesta por padre, madre e hijos: “Las familias que no cumplimos con esa norma somos estigmatizadas”, dice haciendo referencia al hecho de que ella es la cabeza de una familia monoparental. Según relata ha vivido cuestionamientos sobre su capacidad para criar, educar y sostener a un niño: “le falta el ejemplo paterno”, “¿quién va a ser su figura de autoridad?”, “¿quién lo va a guiar como hombre?”, “¿qué van a decir sus compañeros?”, “¿qué va a decir él cuando sea grande?”

Su reto más grande además de la propia crianza es defender la idea de que su lazo con su hijo constituye una familia, aunque hay otros, como el de la vida en pareja, pues suele recibir comentarios en torno a la dificultad de encontrar a alguien que quiera compartir esa responsabilidad con ella: “Parece que un hijo es una bendición pero también es tu cruz y jódete sola”.

En su opinión, las cargas de la maternidad son de por sí grandes, pues tienen que cumplir con el modelo de buena madre, pero en situaciones como la suya esa carga se duplica por el esfuerzo que tiene que hacer de demostrar constantemente que puede jugar los dos roles, porque si no el señalamiento se vuelve directamente en su contra: “Me llegó a pasar en la escuela de Ángel que algún niño tenía un mal comportamiento, en ese caso no había bronca, son cosas de niños, pero si él tiene un mal comportamiento es que es hijo de madre soltera”.

Las “malas madres” de las familias reconstituidas

No basta con que en una familia haya padre, madre e hijos, también tiene que haberse constituido de una forma específica, de lo contrario también es estigmatizada. Itzel Martínez, quien vive actualmente con un hombre con el que se casó y que no es el padre biológico de su hijo Santi, sabe de los costos que tiene para una madre desafiar un modelo “natural” de familia.

En épocas anteriores llegó a rechazar ser madre: “Por ser mamá soltera mi madre, su familia y la sociedad me castigaron mostrándome lo difícil, doloroso y sufrido que significaba ser madre. Y si, ha sido además de doloroso, muy cansado defenderlo y cubrirlo de toda la violencia de su papá biológico y esa familia, defenderlo de mi propia familia que no lo quiere por nacer sin que su padre biológico lo reconociera y viviéramos juntos, hasta he tenido que defenderlo por ser carismático, inteligente y justo”.

Un proceso terapéutico y el apoyo de su esposo han significado para ella grandes motivaciones para seguir adelante. Sin embargo, la relación con su pareja ha sido cuestionada por una diferencia de edad mal vista por la sociedad: “Mi esposo es mayor que yo por 19 años, esto desató mucha presión por varias personas para que no me casara, me hablaban del riesgo de poner a Santi en manos de alguien tan adulto. He recibido miradas acusatorias de las personas que hacen los registros en el ISSSTE porque mi hijo no tiene sus apellidos o me han hecho comentarios de que me casé con él por comodidad financiera y no porque lo quisiera”.

En algún momento las condiciones laborales la llevaron a Lázaro Cárdenas, un lugar que describe como particularmente inseguro, por lo que decidió dejar a su hijo en manos de su esposo, razón por la cual fue particularmente señalada como una mala madre: “En este tiempo me presionaron mucho para que volviera, que no lo dejara y menos en manos de él. Me dijeron que lo estaba abandonado, cuando solo estaba buscando una oportunidad de crecer, para mi beneficio e intrínsecamente el del él”.

Ser madre y apropiarse de sí

Las normas que regulan cómo se debe ser mujer también involucran el aspecto de la sexualidad y el placer, pues la primera debe estar dirigida exclusivamente a la procreación y el segundo al placer de otros, nunca el de las propias mujeres.

Frida Güiza, mujer que se resiste a ponerse etiquetas y se describe simplemente como madre de una joven adulta, habla de una moral que fragmenta a las mujeres y las convierte en objeto de la procreación: “En general el placer es mal visto, pero lo es particularmente cuando se trata del cuerpo de las madres, que deben limitarse a dar vida, a ser responsables de sus hijos, a negar la ‘tentación de la carne’”.

Si bien afirma reconocer en sí todas las emociones que despierta la maternidad, dice también honrar su cuerpo: “Me he negado a ser abnegada, detesto la señoritud (ser una señora decente) y todas sus implicaciones. Me niego a someterme, no siempre con éxito, a la mirada social que me limita, con hechos y con palabras”.

Desde su punto de vista, esto ha tenido un costo social, pero lo enfrenta con orgullo, pues lo asocia con una posición política que ha heredado de las mujeres de su familia, “rebeldes y disruptivas”, una bisuabuela juarista que sabía leer y escribir, una abuela viuda vuelta a casar con hijos en ambas familias y una madre feminista: “Hemos sido quemadas en la hoguera de la pureza que prenden las buenas conciencias y he vivido la imposición, hasta violenta, del dominio patriarcal, y sé que habemos muchos y muchas que ejercemos nuestra libertad y retamos el sistema”. Concluye sosteniendo que ella cambiaría la famosa frase de Zapata para efectos de este tema, pues desde su punto de vista: “El placer es de quien lo trabaja”.

Deja un comentario