Medianías/III

Ismael García Marcelino

“Pero si un hijo de la chingada, extraño además, no es que esté seguro, pero por si acaso, un cabrón de esos osare, es decir, tuviere la poca madre de poner sus gringas patotas y profanar así tu suelo que es nomás de los mexicanos, por más que seamos una bola de nacos devotos de la virgencita, piensa, oh patria querida, que en cada uno de nosotros, tus hijos, Diosito te dio un soldado dispuesto a partirse el alma por ti, y a no permitir que un Donaldo cualquiera venga aquí a decirnos lo que tenemos que hacer con nuestra soberanía, so amenaza de cobrarnos por cada cosa que le vendamos”.

¡Ah, si los mexicanos comprendieran el Himno Nacional, ah!, ¡O si don Francisco González Bocanegra lo hubiera escrito en un español inteligible para maestros de SNTE!; quién sabe si pudiéramos comprender lo bélicamente bien hecho que está; con sus contrasentidos y con expresiones tan actualmente fuera de contexto, pero bien hecho. Y quién sabe si a esta hora no estuviéramos hablando de que la Guardia Nacional tendrá que convertirse en la policía encargada de vigilar que hermanos nuestros, que huyen de la pobreza y la violencia en sus países, no consigan llegar a los Estados Unidos; de repatriar a hombres y mujeres que, por más que no les guste la idea de ir a comer McDonalds, aspiren a encontrar mejores condiciones de vida en algún lugar del mundo y se crean que allá lo encontrarán.


Enorme y llena de indignación se levanta una pregunta imposible de soslayar: ¿por qué? “Otro error de Andrés Manuel López Obrador”, dirán sus detractores y tarde o temprano saltará a la vista que la culpa es de la tibieza, la medianía y la mediocridad de nuestras políticas públicas llevadas hasta el nivel de las instituciones.


En “Mexicanos al grito de guerra”, película de 1943, se cuenta que en aquella memorable batalla contra los franceses, entre las huestes de Ignacio Zaragoza, diezmado ya su ejército y menguada su fuerza moral, estaba un guerrero que, ya sin armas para seguir luchando, vio a su lado el cuerpo caído de un compañero que sostenía una corneta, clara señal de su misión, ahora abandonada. Tomó la corneta y, no sabiendo cómo arengar mejor a sus compatriotas, como pudo tocó el Himno Nacional a todo pulmón, antes de caer él mismo. Cuando los soldados escucharon aquel canto, sintieron que ardían por dentro y terminaron ganando aquella batalla en Puebla.

Otra historia de la tradición oral cuenta que en el Cielo ofrecía Dios una fiesta de aquellas, que tocaría la orquesta tal y que sería más divertida que una final entre el Atlante y el Necaxa. Aquel par de mexicanos no podría perdérsela. De reventa o quién sabe cómo, consiguieron entradas piratas y se colaron. Cuando se supo de los intrusos, los Cadeneros de Dios se dedicaron a buscarlos entre el público, mas como no daban con ellos, alguien les sugirió una idea para que ellos mismos salieran de su escondite. El DJ encontró en Youtube la mejor versión del Himno Nacional y los colados, que no eran otros que el Chifofas y el Jalaleái, de la Romero Rubio, salieron de su escondite gritando. ¡Arriba las Chivas, hijos de su república mexicana!

Cuando, para beneplácito de los nada mexicanos empresarios que hoy no caben de gusto porque se canceló el cobro de aranceles por parte de los Estados Unidos, Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, aceptó cualquier cantidad de condiciones, ¿no hubo nadie por ahí que le cantara al oído al carnal Marcelo una estrofa del Himno Nacional?, ¿alguien que a todo volumen le pusiera, ya de jodido, la versión de Julio Preciado o la de Jorge Muñiz?

Enorme y llena de indignación se levanta una pregunta imposible de soslayar: ¿por qué? “Otro error de Andrés Manuel López Obrador”, dirán sus detractores y tarde o temprano saltará a la vista que la culpa es de la tibieza, la medianía y la mediocridad de nuestras políticas públicas llevadas hasta el nivel de las instituciones.

En “Mexicanos al grito de guerra”, película de 1943, se cuenta que en aquella memorable batalla contra los franceses, entre las huestes de Ignacio Zaragoza, diezmado ya su ejército y menguada su fuerza moral, estaba un guerrero que, ya sin armas para seguir luchando, vio a su lado el cuerpo caído de un compañero que sostenía una corneta, clara señal de su misión, ahora abandonada. Tomó la corneta y, no sabiendo cómo arengar mejor a sus compatriotas, como pudo tocó el Himno Nacional a todo pulmón, antes de caer él mismo. Cuando los soldados escucharon aquel canto, sintieron que ardían por dentro y terminaron ganando aquella batalla en Puebla.

Otra historia de la tradición oral cuenta que en el Cielo ofrecía Dios una fiesta de aquellas, que tocaría la orquesta tal y que sería más divertida que una final entre el Atlante y el Necaxa. Aquel par de mexicanos no podría perdérsela. De reventa o quién sabe cómo, consiguieron entradas piratas y se colaron. Cuando se supo de los intrusos, los Cadeneros de Dios se dedicaron a buscarlos entre el público, mas como no daban con ellos, alguien les sugirió una idea para que ellos mismos salieran de su escondite. El DJ encontró en Youtube la mejor versión del Himno Nacional y los colados, que no eran otros que el Chifofas y el Jalaleái, de la Romero Rubio, salieron de su escondite gritando. ¡Arriba las Chivas, hijos de su república mexicana!

Cuando, para beneplácito de los nada mexicanos empresarios que hoy no caben de gusto porque se canceló el cobro de aranceles por parte de los Estados Unidos, Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores, aceptó cualquier cantidad de condiciones, ¿no hubo nadie por ahí que le cantara al oído al carnal Marcelo una estrofa del Himno Nacional?, ¿alguien que a todo volumen le pusiera, ya de jodido, la versión de Julio Preciado o la de Jorge Muñiz?

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