Medianías/II

Ismael García Marcelino

Para ilustrar la medianía de una sociedad, un investigador amigo mío se basa en un acertijo: “¿Sabes por qué la Selección Mexicana de futbol no va a ganar nunca un campeonato mundial?, ¡porque la virgencita no juega futbol!”

La psicología sostiene que “si una persona, frente a una empresa que comienza, cree que fracasará o cree que saldrá victorioso, de cualquier manera tiene razón”, sobre todo si nos atenemos al principio de que el lenguaje es declarativo, pues si además asegura que no es capaz, lo que está asegurando es el fracaso.

La disposición de un individuo a necesitar las frases de motivación para “salir adelante” deja por sentado que algo le falta siempre para construir la suficiente confianza en el talento que le asiste, y eso lo hace mediocre, y eso acaba por hacerlo corrupto, pues la corrupción está motivada precisamente por la falta de talento. La falta de talento tolera gustosa la medianía en los resultados, aleja al individuo del desempeño exigente, justifica sus fracasos, lo consuela y, finalmente, lo instala en la autocomplacencia.

Una sociedad mediana de espíritu se merece un gobierno mediocre; un gobierno así diseñará políticas públicas tibias o desenfocadas, una policía con medias tintas que orillará a la sociedad a tomar las armas, a autodefenderse. La mediocridad, por cierto, no se desenvuelve exclusivamente en ámbitos formales, también lo hace en lo informal, fuera de las instituciones, pero no hay duda de que comienza en la escuela. Veamos por qué:

Durante la presentación de Hipólito Mora en una conferencia, he escuchado al subdirector de la escuela de derecho y ciencias sociales, de la Universidad Michoacana, recomendar a los estudiantes “un buen desempeño en sus tareas de formación” para que pronto “consigan desarrollarse en un puesto público”.

Cualquier persona en condiciones de comprender el mensaje entre líneas de esta “recomendación” sabrá que esto es (entre muchas otras cosas) lo que hace creer a un profesionista que la única razón por la que vale la pena estudiar duro será encontrar en el mediano plazo una manera de recuperar eso y más, cuando haya condiciones para el éxito personal. Si en lo cotidiano, por venir de un funcionario académico de la Universidad, esa “enseñanza” se formaliza y legitima, no es difícil imaginar por qué la algarabía de los chicos por terminar una carrera, cualquiera que esta sea, se reduce a la fotografía del recuerdo con toda elegancia y detalle escenográfico, el ritual de la quema de batas, la noche de gala con cena especial, baile y todo lo demás.

No es que los impulsos juveniles no se comprendan, ni que no hayamos pasado por esa etapa; no es que terminar una carrera no sea importante ni que se desconozca cómo eso marca un hito en la vida de las personas. Lo grave está en lo mediano de las bases sobre las que se construyen las aspiraciones profesionales de un licenciado en Derecho. Dicho de otra manera: ¡tanto estudiar para ir a parar en una candidatura del PRD, conseguirse una plaza en el Gobierno del Estado o integrar una cartera del Sindicato!

Eso es medianía y un excelente camino a la mediocridad social. Con razón se estila estudiar para responder bien el examen y demostrar suficiencia; con razón algunos exámenes sólo miden el “aprendizaje”; más que cualificarlo, lo cuantifican y lo registran con base en categorías que van del uno al diez, pero no de la claridad sobre las competencias de un estudiante para plantearse y plantear, por ejemplo, una idea de desarrollo que atienda los intereses de la colectividad, es decir de su comunidad.

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