Medianías

Ismael García Marcelino

El lenguaje popular y cotidiano del español mexicano está lleno de expresiones cuya medianía no sólo no consigue disimular una marcada mediocridad, sino que le agrega resolución. Si nos atenemos a que el lenguaje es declarativo y se refleja en personalidades sociales, la mediocridad es una actitud sobre todo conformista que termina por impulsar y marcarle ritmo a los proyectos de vida y de gobierno de un pueblo mediocre. “Término medio” puede significar justeza, pero en algunas circunstancias también puede ser medianía y, al final, mediocridad.

“No conseguimos superar la crisis, pero ahí la llevamos”, “Reconozco que robé, pero nomás poquito”, “Es cierto que me pusieron cinco de calificación, pero no fue sólo a mí”, “No pagan muy bien, pero en esta chamba tengo mi quincena asegurada; además uno se la puede llevar tranquila”, “Ya bájele, Gutiérrez, si sigue checando su tarjeta tan a tiempo, nos va a meter en problemas con el jefe y entre todos lo vamos a perjudicar, se lo advierto”, “Tú nada más no digas nada y la podemos pasar muy bien”, etcétera.

Llegado el momento, hablar tibio, poco, o quedarse callado, es un acto que conduce a lo mismo y representa la convicción de no querer meterse en líos.

Lo que da pie para que un periodista que se atreve a denunciar a un policía o a un funcionario corrupto sea perseguido es el estupor que causa su atrevimiento; es porque se atreve; porque se aleja de la conformidad generalizada de una sociedad adormecida. Lo que le molesta a un empresario que para enriquecerse sin pagar impuestos pone a operar una campaña de redondeo, una fundación para “ayudar” a niños con cáncer, “dar de comer” a indígenas sin alimentos o “designar becas” a posibles talentos que no pueden seguir estudiando (y más tarde, en realidad siguen sin poder hacerlo), es que alguien descubra su trampa y la haga visible. Por más que dijeran que “las sociedades deberían colaborar con una moneda y ya, que así todo sería más fácil” (y en eso estriba su religión), el verdadero problema está en la asombrosa capacidad que las sociedades mexicanas tenemos para mantenernos callados frente a lo que nos parece que es mejor dejarlo pasar que enfrentarlo.

Hoy que sabemos lo que se sabe en relación con las cantidades que fiscalmente beneficiaron a agencias noticiosas tramposas, como Quadratín, nos percatamos de dos cosas: que hay diversas formas de robar al pobre que al mismo tiempo es mediocre, y que la culpa también es del pobre mediocre que se deja robar, de quien, por evitarse molestias, no reclama cuando la cajera de Farmacias del Ahorro, Farmacias Guadalajara u Oxxo, le redondea la cuenta porque sabe que un mediocre preferirá perder unos pesos que perder algo de tiempo, de quien permite que el chofer del autobús se robe lo que le cobra sin entregarle un boleto, de quien viaja en un taxi pirata, del quien deja que el conductor de la combi use su celular mientras conduce, de quien prefiere gratificar al agente de tránsito en lugar de realizar el trámite de pago en la oficina que corresponde.

Si los proceso que la administración de Andrés Manuel López Obrador impulsa están causándole a la sociedad problemas y contratiempos, debe de ser porque el proceso para que los acostumbrados a servirse a lo grande y difuminar sus atracos entre cortinas de humo dejen de hacerlo, es complejo y difícil. Y si la sociedad mexicana no había tenido noticia antes de un proceso revolucionario, de las vidas que cuesta y las implicaciones de una transformación, habrá que explicarle también que la desinformación es otro síntoma de medianía y la mediocridad.

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