Necedades de la personalidad

Ismael García Marcelino

Las conductas tienen su origen en eventos de la vida que nos marcan. La literatura, lo mismo frente a aquella que podemos leer por disfrute que aquella que nos coloca frente a la página en blanco, a punto de experimentar de cerca lo que se siente escribir nuestra propia lectura del entorno, sirve para forjarse formas de comprender el mundo.

De una serie de tres cuentos, en esta primera entrega y más allá de lo que cada lector pueda percibir, abordaré circunstancias del individuo que permean la personalidad de las sociedades. Aquí vamos:

¡No quiero ser egoísta; de veras!

Renata rumiaba todavía el mal sabor de lo que la maestra y sus compañeras la habían hecho pasar en la escuela. Apretando los labios, aceptó sin protestar el turno que su hermano de ocho años, su padre y su hermana mayor, le cedieron para subir a la combi. “Gracias”, dijo sin la mínima señal de agradecimiento sincero. Se sentía verdaderamente culpable con el mundo, y al mundo enojado con ella, ni su padre ni su hermana habían tenido “un pinche minuto” para un “qué te pasa, Renatita” o para preguntarle al menos “¡por qué esa cara, hija!”

Se sentó en el primer asiento, el más cercano a la puerta, pero no el más próximo al conductor, y repasó lo acontecido apenas el viernes en la cancha de futbol del instituto, aquello y de lo que su familia no había querido saber nada. Primero: cuando apenas había tomado el ritmo en el partido contra las de Tercero A, cuando se sentía en condiciones anímicas para anotar gol, si no para ganar, al menos para detener aquella masacre cuatro a uno por el que su equipo estaba pasando, no permitió que entrara a sustituirla en el medio campo Alice, una chica con problemas para correr, pero que daría su vida por jugar dos minutos justo en aquel partido. Alice, quien aquella mañana la había invitado a desayunar con lo que le quedaba de su beca, bien habría podido entrar en la alineación por instrucción de la entrenadora, pero cedió su lugar en el partido a su mejor amiga: Renata. Muy mala historia porque Alice regresó a la banca conteniendo el llanto y al rato Renata no sólo no anotó, sino que a los seis minutos del final falló un penal.

Su entrenadora le echó en cara su sentido individualista: “¡No eres la única, Renata!, ¡dale chance a tus compañeras!”

Este domingo, como siempre que su papá las visita y las lleva a comer al centro, abrigó la esperanza de que alguien pudiera escucharla. Nada. Se sintió reprobada por todo y por todos y sin la menor luz para hacer catarsis.

El hombre que se sentó en el asiento del fondo, le pasó unas monedas, el costo de su pasaje. Hay que saber que en esta ciudad es costumbre que el conductor reciba desde su lugar, conforme van subiendo, el pasaje de cada usuario.

Dispuesta a cambiar su actitud y mejorar su estado de ánimo, afanosa de dar algo de sí, la niña decidió que ahora estaba dispuesta a levantarse para alcanzar al conductor, que podía ser menos egoísta. “A veces hay que hacer por otros sin esperar ninguna recompensa”, recordaba todavía. Se impulsaba para levantarse cuando la mano firme de su padre, sujetándola de una pierna, la detuvo: “¡No te vas a levantar para que otro vaya muy concha sentado, verdad!” ¡Claro que se iba a levantar!, es lo único que tenía claro después de lo que le habían hecho pasar en la escuela. Su padre le arrebató las monedas y el hombre las recibió resignado. Si a partir de hoy estaba decidida a no ser una mujer egoísta; su padre se aseguraría de prepararla para serlo.

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