Nos han dado el nombramiento/I

Ismael García Marcelino

Hace casi diez años que arribó la pirekua a su nuevo estatus como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, de acuerdo con la unesco; qué le vamos a hacer. Será difícil disociar este hecho con otro que, en el mismo sentido, se refiere a la comida tradicional mexicana.

            Quién sabe si el nombramiento honra o distingue, pero es necesario saber que el acontecimiento no será motivo de entusiasmo, pues hay que considerar que quienes impulsaron el proceso, en una mezcla de pretenciosa ingenuidad e ignorancia, cuando configuraron la justificación para buscar afanosamente el nombramiento, faltan a la verdad. Veamos por qué:

            En los más de cincuenta años de indigenismo y procesos sociales “encaminados a la preservación” de rasgos culturales como la lengua, la impartición de justicia basada en el derecho consuetudinario, la festividad y el canto, por ejemplo, el Estado no ha sido capaz, ni ha querido, identificar la problemática cultural de las etnias en México, ni ha evitado que se agudice.

            En la historia de los indígenas se ha negado su civilización para imponer una idea de desarrollo tan adversa como ajena y les ha devuelto un modelo de existencia que terminó por facilitar el saqueo de su riqueza y los orilló a su propia exhibición como producto turístico. Creó programas e instituciones para exhibir sus rasgos culturales, pero no impulsó su desarrollo; diseñó discursos folcloristas en folletos, trípticos y panfletos, en torno a lo que debe saberse de su cultura, pero favoreció la desinformación y construyó una realidad romantizada de su condición de abandono.

            Intereses inocultablemente político-administrativos animaron a un grupo turístico de promoción a buscar el nombramiento. La transacción se consumó a finales de 2010 y a estas alturas la celebración es casi imposible de detener. Aún así el canto de los pireris (las pirekuas) no van a perpetuarse sólo porque ahora tiene el nombramiento.

            Para comprender cómo funciona, debe separarse a los cantadores del pueblo p’urhepecha de los pireris del mundo o de los músicos tradicionales. Vamos a ver: ¿Le suenan los nombres de Pablo Sebastián, Armado Bravo, Francisco Hernández, Dionisio Antonio o Ignacio Márquez? ¿Ha oído hablar de Delfino Maravilla o Pedro Espíritu? ¿Conoce alguna canción de Los Alfareros de Huáncito, Los Cascabeles de Turícuaro o Los Galleros de Nurío?

            Sería sano saber si estos artistas fueron informados –ya no digamos consultados– acerca de la pertinencia o las bondades, si las tiene, de que su obra fuera tomada para incorporarla al Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. No fue así.

            Si no le son familiares estos nombres ni estos grupos de cantadores, debe ser porque el Conjunto Erandi (Ahuiran, Paracho), el Grupo Purembe (Morelia) o Las Hermanas Pulido (San Lorenzo, Uruapan), por nombrar lo más granado a nivel comercial, han ocupado más tiempo aire en la televisión nacional o extranjera y otros espacios formales de difusión: folletos, trípticos y panfletos.

            Sobre Juan Victoriano se sabe un poco más sobre todo porque la prensa ha publicado que su familia ha reclamado airadamente el tratamiento poco transparente de las bondades que el nombramiento tiene para canciones y cantadores. Este compositor falleció en 2010 y es otro artista que se fue sin haber alcanzado el reconocimiento de las instituciones. Lo mismo ocurrió con tata Gervasio López y Francisco Salmerón. Aunque Luis Jaime Cortés, a la sazón secretario de Cultura, sí homenajeó a Ismael Bautista, de Comachuén (Nahuatzen) y a Domitilo Alonso, de Tiríndaro (Zacapu).

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