Pedos de Monja

el-artefacto

Entre ates, obleas, morelianas y rollos de guayaba, la neta que uno se sorprende de encontrarse un paquete de chocolates con un nombre tan llamativo: Pedos de Monja, “una divinidad terrenal para compartirse y divertirse con clase”.

Sabe uno que menesteres habrá atrás de los entuertos mercadológicos, pero tal vez la alusión a las flatulencias bajo los hábitos conventuales hizo ver una veta comercial nada desdeñable.

En este mundo de las invasiones, no es sorpresa que los tales Pedos de Monja ni sean morelianos o michoacanos. Vienen de Querétaro, nos dice el amable vendedor del Mercado de Dulces en esta ciudad –como aquella-, llena de monjas, quien confiesa que el producto causa furor entre los visitantes y el mero nombre los hace reír, sorprenderse y finalmente, comprar un paquete de los mentados chocolates, “producto artesanal mexicano hecho a mano”, según reza la envoltura.

Bueno, ¿a quien en otros tiempos se le ocurriría incluso dibujar en el paquete a unos mojones sonrientes como las figuras de los chocolatines, que abajito del título de Pedos de Monja, dice: “más vale adentro que afuera”?

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