Pueblos en riesgo: makurawe

Ismael García Marcelino

Más allá de la invasión de tierras por parte de quienes con poder económico están en condiciones de apropiarse “legalmente” de sus ríos, sus bosques, sus tierras de cultivo, de orillas y abrevaderos, de lagos y esteros que por historia pertenecen a los guarijíos, pueblo indígena del norte del país que se autonombra makurawe; más allá de la desventaja que para ellos representan leyes y reglamentos de las entidades federativas que regulan la posesión de la tierra, su tránsito en espacios urbanos, los indígenas makurawe sobreviven en la gran ciudad en condiciones de trato donde hablar su lengua originaria, vestir su traje indígena, usar sombrero o comerciar con sus productos en el centro histórico parecen ser delitos imperdonables, enfrentan una estructura de riesgo que amenaza sus garantías fundamentales, pero también facilita la penetración cultural que los reduce a la condición de un pueblo con una lengua en riesgo de dejarse de hablar.

¿Qué significa estar en riesgo y de qué naturaleza es el peligro que tienen que enfrentar los habitantes de un pueblo indígena, como los guarijíos del municipio de Álamos en Sinaloa, Chibampo Mesa Colorada, otro pueblo, Quiriego, en el estado de Sonora, más algunos guarijíos que viven en Chínipas, Moris y Uruachi, en Chihuahua. Una relación de dominación y sometimiento entre culturas diferenciadas y no una relación interculturalmente respetuosa y de enriquecimiento mutuo es lo que indígenas migrantes enfrentan siempre que tienen que ir o salir a la ciudad a tramitar la vida. Las necesidades van desde acudir a una ventanilla en un banco, registrar a sus hijos o adquirir los insumos industriales para producir sus artesanías, confeccionar sus trajes para la pahko o la danza de los pascolas, o habilitar sus instrumentos de cultivo.

Bueno pues uno de los mayores riesgos es que los funcionarios los incorporen en su discurso, que vean en los indígenas guarijíos un tema digno de instalar en sus cuentas alegres para adornar sus informes de gobierno. Los pueblos indígenas y las sociedades vulnerables suelen ser un excelente pretexto para informar acciones que en su favor dicen emprender “atendiendo sus condiciones de pobreza”, y paliando sus necesidades en materia de salud y educación.

Para los habitantes del pueblo de guarijío o makurawe, hablantes de una de las lenguas del tronco yuto-azteca, emparentada con el yoreme y el rarámuri, el verdadero peligro está en la presa que se pretende construir justo sobre sus tierras de cultivo y sobre el río que da vida a la vegetación con que conviven desde siglos atrás, lo que dañaría seriamente su muy ancestral forma de producir alimentos y de convivencia con su tierra y con sus aguas.

De acuerdo con lo que explica uno de sus gobernantes, don José Romero Rodríguez, “los indígenas makurawe llevamos décadas resistiendo” los embates de los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón para evitar “que sobre nuestras tierras se construya la presa de los Pilares”, que los condenaría al desplazamiento y los orillaría a perder parte de su historia y a abandonar a sus muertos. La conservación de los sitios sagrados, donde el peyote, donde el guayacán, donde la escuela de la sanación, la devoción a sus antepasados difuntos, son rasgos de la cultura que a los gobiernos, en contubernio con caciques y terratenientes, nunca les ha importado.

Por eso me dicen que “los indígenas valen la pena sólo para el discurso, para celebrar el Día Internacional de las Poblaciones Indígenas”; pero ninguna institución, me dicen, les ofrece condiciones para evitar que sobre sus tierras se construya una presa que terminaría con su pueblo y su cultura en un santiamén.

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