Relación intercultural y armonía/II

Ismael García Marcelino

Micrófono en mano y seguida de un camarógrafo, Alejandra cruzó a toda carrera la avenida Madero para interceptar por la otra calle a un grupo de maestros que, armados de palos, toletes y gases lacrimógenos, trataban de alcanzar la columna de policías que, gritando consignas contra el secretario de Seguridad Pública, cerraba filas para llegar al frente de Palacio de Gobierno.

No era normal ver policías manifestándose en calles de Morelia, pero ya que entre los gremios maltratados por el gobierno están los empleados uniformados, se pudo saber que algunas corporaciones habían llegado al extremo de solicitar ayuda a otros sindicatos.

Reportera y camarógrafo se toparon de frente con los maestros y Alejandra pudo abordar a una de las manifestantes. “Para CPS Noticias: ¿hacia dónde se dirigen, maestra?”, atajó. “¡Nos llamaron compañeros uniformados para que apoyáramos su movimiento!; ¡parece que están exigiendo sueldos atrasados!”, explicó. “¿Y qué tienen planeado hacer?”, inquirió todavía. “Nada: desde acá les vamos a gritar ‘¡pónganse a trabajar, pinches güevones!’, les vamos a dar de toletazos y de paso les mentamos la madre”.

El problema con las relaciones interculturales ventajosas para unos, al tiempo que desventajosas para otros, estriba en el desconocimiento que grupos culturalmente diferenciados tienen en relación con ‘el otro’. Los niveles de analfabetismo funcional entre profesores de primaria son muy parecidos a los registrados entre policías, funcionarios de gobierno, conductores del servicio público o comerciantes. No se tome a mal, pero, en honor a la verdad y sin importar que alguno de ellos se sienta más próspero o crea que no necesita de nadie más que de sí mismo, lo cierto es que nadie comprende a nadie y todos parecen dispuestos a entrar en el juego del gobernador: que los jodidos se peleen contra otros igualmente jodidos.

¿Sabe un policía lo que siente un maestro, un empleado de gobierno, un estudiante normalista o una empleada doméstica, cuando tiene que sobrevivir sin la misérrima quincena que unas veces no le pagan y otras veces tampoco? ¿Sabe un policía lo que siente un ciudadano común y corriente, un usuario de taxi o de combi, una expendedora de quesadillas o un mesero, cuando le roban la cartera, lo pican con una navaja para quitarle el teléfono o lo extorsiona el policía que le exige “propina” cada vez que le marca el alto? ¡Claro que lo sabe!; la crisis en esta relación entre sociedades culturalmente diferenciadas no es por falta de información, el problema es la falta de comprensión; el problema está en la conciencia. Se puede decir más alto (o con adornos), pero no más claro.

Si el granadero no fuera funcionalmente analfabeta, si no tuviera problemas de conciencia, no golpearía a maestros ni a estudiantes. ¡Ni siquiera prestaría sus servicios como instrumento de represión! Ya se sabe: el trabajo de un policía alguien lo tiene que hacer, pero la misión de un policía, de origen, era un servicio de otra naturaleza, una que hoy por hoy todos (incluso los policías) hemos perdido de vista.

Si el analfabetismo funcional que norma la vida de las sociedades no minara como mina en esta enrarecida sociedad de ciegos-mudos-sordos, nadie vendería plazas de maestro (y por supuesto nadie las compraría), ni habría grupos de transportistas metidos al negocio del transporte público negándose a afinar sus vehículos, que de tantos como son ya, tienen el aire de Morelia más sucio que los pasillos de Ciudad Universitaria.

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