Relación intercultural y armonía/III

Ismael García Marcelino

Una persona toma decisiones constantemente: dice sí, dice no o negocia un término medio. Consciente o inconsciente y a pesar de algunas condiciones que inexorablemente le conducen, es lo bastante libre para escoger. Puede haber elegido, o no, la escuela donde estudiar la primaria, la secundaria o la licenciatura. La vida le hizo elegir estudiar una carrera o enfrentar la vida sin la escuela, pero siempre existirá la oportunidad de elegir en todo lo demás. Ha elegido a sus amigos, a su pareja de toda la vida (igual que ella lo eligió a él), sus formas de recrearse y, aunque siempre estará presente la idea fallida de que su familia y amigos pudieron ser otros, también es verdad que esos son los que eligió. Esa elección, le guste o no, estuvo basada siempre en el interés. Así es como se relacionan las sociedades. Veamos por qué:

Alguien que quiere gobernar podría pedir a sus votantes que acudieran a escucharlo en un teatro donde caben diez mil personas cómodamente sentadas, sin los inconvenientes de la lluvia, el calor o el frío, y donde cada uno puede leer en una hoja impresa las soluciones que el candidato ofrece para resolver los problemas que le laceran. Un coordinador de campaña les pide que subrayen los más urgentes, para que un equipo de trabajo organice un programa de gobierno, de tal suerte que al año siguiente lleguen a su colonia sendos camiones con ayuda alimentaria, créditos para todo mundo, escuela y becas, etcétera.

Un candidato puede elegir este procedimiento y sentarse a esperar el día de las elecciones a que se anuncie su inobjetable triunfo, se organice una ceremonia y la toma de posesión de su gobierno sea todo un acontecimiento y ocurra sin contratiempos. O quizá elija lanzarse a visitar cada uno de los pueblos, colonias y rancherías, auscultar con sus propios ojos las condiciones de pobreza y marginación con sus habitantes, preguntarles por sus prioridades y pedirles que organicen una ruta de atención a sus problemas más importantes.

Ya en calidad de gobernador, puede ocuparse de resolver con prontitud las demandas de estudiantes, de universidades, de maestros, amas de casa, campesinos, e ir poniendo palomita a los pendientes. O elegir no vender todo de un jalón, porque si así lo hiciera, “luego qué vendo. Algo tengo que dejar para que este pueblo jodido siga jodido y aspire junto conmigo a que llegar a la presidencia de la república”. ¡Venga!, ¡ustedes pueden!

Volvemos a lo mismo: si la idea de desarrollo más extendida entre las sociedades vinculadas al capitalismo mantiene su inspiración en la acumulación de bienes que confortan al sujeto y lo conducen al éxito, una persona buscará su propio título de triunfador, pero no el de su entorno. Va a preferir abandonar su proyecto y su carrera de estudio y se dejará atrapar por el éxito social, uno que involucre a los demás, en tanto le aporten como clientes, uno que fortalece la relación intercultural de las diferencias por razones de poder, uno donde norma el desconocimiento mutuo, nadie comprende a nadie y todos parecen dispuestos a entrar en el juego del gobierno: al pueblo, pan y circo.

Así, un gobernante puede garantizarse la popularidad, dar al pueblo, so pretexto de que la mayoría lo prefiere, cantantes y bandas como El Recodo, que con la peor calidad artística y a los más altos costos promueven la violencia que tanto (se supone) lastima a los michoacanos. O puede arriesgarse a ir formando nuevos públicos que aprendan a disfrutar de la verdadera música del mundo y sus culturas, géneros menos masticados, obras con mejor elaboración artística, y correr el riesgo de ser señalado buen gobernante.

Como en más de un sentido las cosas no son así: ¡Pobre gobierno!, ¡pobre pueblo pobre!

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