Superwomen del siglo XXI

Eduardo A. Chávez

En los 80 y 90 del siglo pasado se produjo en EEUU y Europa el discurso de las superwomen, las súper mujeres que se comenzaban a incorporar a los empleos remunerados. Según Natalia Salvo Casaus, éste era un discurso de falso empoderamiento, un caramelo envenenado para las mujeres, pues les imponía un rol inalcanzable, seguían subordinadas a los varones “y acentuaba con una contundencia total los discursos tradicionales de los cuidados y de la división sexual del trabajo”. Por su parte, la súper maternidad mexicana del siglo XXI tiene sus claroscursos y sus particularidades, entre las dobles jornadas, los padres ausentes, los embarazos adolescentes o el reto de criar a un niño con alguna discapacidad.

La conciliación entre la maternidad y la vida laboral

Elena Rojas Alcántar es madre soltera con dos hijos bajo su responsabilidad y desde hace tres años es empleada doméstica, cuidadora de ancianos, así como de personas en hospital “y todo cuanto represente un ingreso extra”. A pesar de la carga que significa cada día asegurarse de que sus hijos estarán bien física y mentalmente, los sacrificios que tiene que hacer por su trabajo, así como la conciencia de que “el tiempo no vuelve”, se muestra muy positiva: “Me gustan los retos, me motivan. Claro que esto es un trabajo de equipo, de comunicación con tus hijos para que todo funcione en orden. Es complicado, mas no imposible”.

En cuanto a la doble jornada de las mujeres que son madres, dice que quizá pueda darse una equidad en los hogares si se vive en pareja y se hacen acuerdos, aspecto con el que coincide Karina Alipio: “Tristemente en la mayoría de las familias no hay equidad, aún falta esa distribución de las labores para que la mujer disfrute de su casa, de sus hijos y, claro, del marido. Pero habemos mujeres que sí podemos disponer de nuestro tiempo al salir de la jornada laboral, dedicarnos a nosotras, salir con amigas o simplemente descansar”.

Confiesa que, pese a su situación de madre sola, para ella ha sido fácil conciliar su maternidad con su vida laboral: “Cuando inicié a trabajar mi hijo ya era un poco autosuficiente, ya no dependía tanto de mí. Llegaba y ya sólo tenía que revisar algunas tareas escolares. Eso me ayudó a poder dedicarme al área laboral que me encanta y disfruto”.

Superteenagers

Según la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), México es el país con más adolescentes embarazadas, una situación que tiene impactos no sólo en las estadísticas de salud pública del país sino en las vidas concretas de quienes viven esta experiencia.

Fernanda Medina tiene 19 años y es madre de un niño de tres: “Es algo muy complicado porque los primeros meses no sabes muy bien qué onda ni que le va a pasar a tu cuerpo, ni a tus estudios, si la gente va a estar contigo apoyándote o si se van a ir, importa mucho el ‘qué dirán’”. A pesar de que ya no mantienen contacto con el papá de su hijo, dice haber tenido la fortuna de contar con una red de apoyo que le han hecho ver el lado bonito de su embarazo y su maternidad, además de que ha podido continuar con sus estudios.

El reto más grande que ha enfrentado es llevarse con su hijo como mamá, pues viven en casa de sus papás, y a veces su relación parece más la de hermanos que la de madre-hijo, situación que ha manejado con comunicación con él. El otro gran reto que ha tenido es el de dejar de hacer sus cosas de modo que pueda priorizar a su hijo: “Sí me ha costado levantarme un poquito en mis estudios por el tiempo que Mario conlleva, pero lo bueno es que sigo estudiando”.

Maternidades nunca imaginadas

Clara del Carmen Robledo Silva tiene 33 años, es casada, maestra de secundaria y preparatoria y tiene un hijo con Síndrome de Freeman Sheldon, una discapacidad física y cognitiva derivada de una hipoxia (falta de aire) al nacer, por lo que algunas áreas de su cerebro están dañadas o completamente muertas, como es el caso de aquella relacionada con el lenguaje: “Josafath es un niño que busca la forma de comunicarse, comunicar sus necesidades, comprende todo lo que dices siempre y cuando se le tenga paciencia, pues su nivel de aprendizaje lento. De ahí en fuera, es un niño normal”.

Su experiencia con el embarazo estuvo llena de sentimientos encontrados, de alegría pero también de miedo por ser primeriza, por no haberlo planeado y porque, una vez llegado el momento de dar a luz, “te da una profunda tristeza saber que tu hijo tiene algo que nadie reconoce y que lo único que te dicen es que hay que esperar”.

“Después te llega un dolor inmenso, un dolor que tarda años en sanar, un dolor que está ahí y que te duele por el simple hecho de saber que tu hijo, ese hijo que soñaste y anhelaste, pues no es como lo imaginaste”. Con voz triste pero firme confiesa: “Nadie desea tener un hijo con discapacidad, eso sí lo sé, pero también sé que es muy difícil encontrar a alguien que se deslinda de un hijo con discapacidad”.

Pese a esos dolores y tristezas profundas, Clara cuenta cómo Josafath se convirtió para ella en un motor que le inyecta energía, felicidad, amor: “¿Quién lo dijera? Un niño con discapacidad se transforma en el principal estímulo de una mujer deprimida, sumergida en el dolor propio por la culpa de “si hubiera”, “si no hubiera”. Ahora se siente orgullosa de su hijo y afirma ser una mamá “que es capaz de desprenderse de sí misma para hacerlo y ayudarlo a que logre sus metas”.

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