Raúl Mejía: Tortitas de camarón contra torreznos

Raúl Mejía

Como algunos amigos lo sabrán, soy un gambusino de la garnacha, un eterno rastreador de la salmonela sazonada y eso me ha llevado a explorar rincones inauditos en búsquedas proustianas de sabores y esencias perdidas. 

            La cuaresma, ese lapso litúrgico para la conversión y el arrepentimiento previo a la pascua, me transforma en un contrito (pero gozoso) degustador de placeres sosegados. Sólo así dejo de lado esas fuentes de lascivia como son las tripas doradas en tacos insólitos, el borrego a la penca, el menudo o el aporreadillo; todo esto atendiendo el llamado de Cristo para cambiar de vida aunque sea por cuarenta días (tampoco hay que exagerar).

            No ha sido fácil. He asumido que encontrar un arroz digno de ese nombre ya sólo se disfruta si se accede al mercado negro de ese platillo, a hogares aferrados a tradiciones ancestrales o -si se tiene el ánimo- haciendo periplos a bucólicos pueblecillos aledaños a Morelia. Pienso en Tzurumútaro. Una mezquita para el Arroz Verdadero que se expende a un lado de la plaza del poblado… pero mucho me temo que ni ahí se genera ya esa delicia porque el establecimiento que despachaba ahí sigue en funciones regulares. Podemos decir que ese arroz neoliberal, con sus granos perfectamente individualizados gracias a su cocción en olla de barro, es tan raro como una vaquita marina.

Pero los torreznos de camarón son otra cosa.

           Algún día perdido en las brumas del tiempo se lo comenté a Leslie Alejandra, mi mujer.  Como era de esperarse, soltó la clásica “pues no es por meter cizaña, pero mi mamá es la Juan Camaney de ese guiso; nadie la supera en el mundo occidental” (así, con modestia). Yo no tengo motivos para dudarlo, pero sí para confirmarlo y la reté: “llévame con esa viejecita sabia…”

Y lo hizo.

            Los autores de los aciagos días de Leslie me recibieron como marca la buena educación: una chelita para empezar, charla ligera, botana y luego de un lapso razonable en los chismes locales, llegamos a la contundencia de la ingesta ocupando los lugares que la anfitriona asignó: “¿Cómo prefiere su plato, don Raúl? ¿Con todo junto o separado?” –me espetó y pues claro, lo mío es la mezcla, el mestizaje festivo, la orgía de sabores. Nada de emular ascépticos platillos calvinistas en donde todo va separado: “todo junto, señora, por piedad” –le contesté humildemente.

            Sobra decirlo: el plato de bronce estaba de lujo y aunque mi mami era igual de orfebre para este guiso, el de la señora madre de mi mujer estaba en el Top Five, sin lugar a dudas.

Como dice un conocido apotegma que sólo recuerdo en parte (“cuando como, no conozco”) yo ni pelaba a mis anfitriones con sus charlas porque, entrecerrando los ojos, paladeaba el sabor casero del guiso cuaresmeño. Estaba nimbado, conciliado con el universo. Estaba dispuesto a creer que la tierra era plana.

            Al final agarré un pedazo de tortilla hecha a mano para manufacturar la clásica cucharita que recoge los remanentes del plato. Era el momento adecuado para hacer un merecido reconocimiento al arte culinario de mi eventual suegra:

-No, pus… ¿cómo le diré? Todo le quedó bien rico, señora. Mis respetos. Es usted la non plus guau de estos guisos..

 –¡Ay, no exagere, señor Raúl. En realidad me quedaron bastante deshabridos –contestó.

-¿Deshabridos? ¡Para nada! A mí me parecieron deliciosos. ¿Dije deliciosos? ¡No! Requetesabrosos.

-No. Están desabridos –insistió.

-Neta, señora, están sabrosísimos. Créame.

-Que no.

-Que sí.

-Que no.

-Que sí.

-Que no pues.

-Que sí pues.

Y así se pudo seguirle por unos dos minutos en una discusión que tiene su origen en la cultura judía, ésa en donde la ama de casa no acepta la calidad del guiso y espera que el invitado insista en reconocer la sabrosura. Mi ánimo no estaba para conciliar diferencias culturales y opté por ser argumentativo. Fue cuando dije el vocablo herético que cambió la relación con mi familia política:

-Señora, por favor, le suplico de la manera más atenta y respetuosa que lo acepte: sus torreznos son una chingonería…

            No lo hubiera dicho.

            Apenas terminé de pronunciar lo que está arriba, la charla cesó como si hubiera dicho algo fuera de lo normal. Un silencio sepulcral. Incluso escuché el zumbido de una mosca cerca de mi oreja y dejé de masticar: ¿debí abstenerme de decir esa chingada palabra tan ilustrativa? ¿En esa casa no se dicen groserías? ¿Había una lejana raíz judía?

Escuché cuando la mosca se alejó de mi oreja con rumbo desconocido.

-¿Torreznos? ¿Cuáles torreznos? –se escuchó la voz del señor de la casa. Todos se volvieron a mirarme.  Yo, con prudencia y señalando tímidamente con el dedo índice los torreznos, musité:

-Pues.. estos.

-¡No son torreznos, joder! –exclamó el jefe de familia golpeando la mesa y haciéndonos brincar a todos en nuestros asientos.

            La señora alcanzó a agarrar un envase de sidral Mundet que se balanceaba peligrosamente, se limpió la comisura de los labios y, diligente, trató de bajarle la tensión al momento pasando la mano por la cabellera del marido:

-En algunas partes de la geografía nacional, viejito, se les llama torreznos, por favor, sé razonable… el señor Raúl se ve que ha viajado reteharto  y  sabe un chorro de cosas… serénate, por el amor de Dios.

Supuse que era el momento de decir algo a la altura de las circunstancias y empecé:

-La… neta y sin ánimo de presumir, sí  –balbuceé con miedo y todos se volvieron para posar su mirada en mí atribulada personita. Continué:   O sea, quiero decir que pues sí he viajado. ¿Pueden creer que en España el gazpacho es una sopa fría? En Morelia un gazpacho es esa delicia de jícama con chile en polvo y chile serrano, limón, vinagre, cebolla, queso y salsa Valentina (opcional) o sea, esto es la muestra de que El Cantar del Mio Cid es una fuente de sabiduría y lo cito: “Cosas veredes que farán fablar las piedras” –concluí mostrando mi mejor sonrisa. Todos me miraron con cara de “¿qué le pasa a este güey?”

El señor de la casa seguía fúrico, lo que se llama fúrico:

-Escuche esto, señor mío: Los torreznos… -hizo una pausa dramática-  ¡¡Son de papa, de papa, de papa, de papa!! –exclamó y con cada “papa” que decía golpeaba la mesa. Las cocas y la jarra de agua de tamarindo se balancearon temerariamente. Fue cuando saqué el venerado recuerdo de mi madrecita:

-Pos mi mamá les decía torreznos… y no están ustedes para saberlo… tampoco por presumir ¿verdá? pero el espinazo le salía de poca madre, lo que sea de cada quien.

-¿Tu madre? –empezó a tutearme- ¿Has dicho tu madre, miserable intelectual orgánico? ¿Pues de que rancho era tu mamá si se puede saber?

-Este… este… de por allá, por Mil Cumbres. Más para abajo… a unas seis horas a caballo de un lugar llamado El Caracol… muy parecido a Macondo –me puse literario nomás para ver si se calmaba y no, la verdad estaba ofendido.

-¡Que Macondo ni que.. mis polainas! (dijo, conteniéndose de decir otro sustantivo más… sustantivo). En esta casa no se rompen las tradiciones y estas cosas que tan rico te estás comiendo gratuitamente, se llaman tortitas de camarón. ¿Entendiste? Tor-ti-tas de  ca-ma-rón.

(Y sí, al menos yo, sí había entendido, sobre todo con el deletreo preciso).

-¡Ay papi, no seas grosero con Raúl! –dijo Leslie Alejandra mientras me apretaba (por debajo de la mesa) el muslo a la altura de la ingle. Sentí una grata corriente sicalíptica.

            Esa llamada a la cordura calmó la ira del paterfamilia y me dio la oportunidad de preguntarme si mi desatino semántico me había vedado la posibilidad de otra tanda de… tortitas de camarón con arroz, frijoles refritos en manteca de cerdo y aguacate. Respiré hondo, me armé de valor y utilizando un vocabulario alternativo, tangencial, “polite”, pregunté:

-¿Me podría echar otro plato de estas delicias marinas regionales, señora?

            La autora de los días de mi mujercita se levantó y de una vez me dobleteó el plato. Si Paris bien valía una misa (según dijo Enrique de Borbón en célebre y convenenciera frase hace un chorro de años) las tortitas de camarón de esta familia me hicieron aguantar los vituperios. Luego de pedir un tercer abastecimiento, mi abdomen estaba abultado “in extremis”. Pensé en mi frasco de Omeprazol. Fue cuando dije “no pos todo estuvo bien rico qué se repita ¿no?” Pero ya había dejado de serles simpático.

            El señor de la casa tomó su vaso de cerveza bien fría, se lo llevó a los labios, le dio tremendo trago sin pausa, sin hacer gestos ni quitarme la mirada de encima con rencor. Ahí supe que mis intenciones de ser parte de esa familia a través de la inminente conquista del corazón de su hija (sólo la conquista de su corazón me faltaba alcanzar; todo lo demás ya lo había conquistado) iba a ser una empresa por demás ardua. Más tarde, cuando estábamos echados en la cama reposando la comilona, me dijo con infinita tristeza:

-Me has perdido, Raúl. Pudiste decir que simpatizabas con el PRI e incluso con Morena, pero meter el expediente de los torreznos fue inaudito. No te creí capaz de tal bajeza. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te boicoteas sentimentalmente? ¿No pensaste cuánto de nuestro futuro se jugó en ese momento? 

-Me cae que tu mamá cocina bien sabroso –atiné a decir y empezamos a besarnos.

Un mes después me terminó.

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Raúl Mejía, (Ciudad de México, 1956). Ha sido profesor en la Universidad Latina y en la Universidad Vasco de Quiroga. Autor de Sueños Húmedos, Pertenecer y Coloquio de Circunstancias con Gaspar Aguilera.

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