Ulises FonMadri: El armario o de cómo se guardan telarañas

Ulises FonMadri  

Luis, el director, sabe lo que padece y nos hace padecer. No se trata de un simple perfeccionista como la mayoría supone, más bien es un tipo enfermizo. Él no me lo ha dicho de forma abierta, no puede porque se avergüenza. Pero basta con poner atención en los detalles, no solo en cosas obvias como cuando nos hace repetir una y otra vez las escenas.

Este día en especial ya es difícil aguantarlo. Son las 2:30 de la madrugada, filmamos a una tipa que finge llorar de tristeza. Se supone que debimos terminar hace casi tres horas y la actriz, una mujer de poco talento que pone su potencial en el pecho, emite gemidos de una desesperación estridente.

Yo, Diego, me encargo del sonido, trato de no tener errores y evitar los ruidos, para no retrasar el proceso. El asunto que debemos grabar es sencillo, es parte de una película con sabor a telenovela y la parte en que vamos es un cliché clásico: Roxana Sofía, interpretada por una tal María, encuentra a Alexander Felipe, encarnado por un tal Juan, en arrumacos con una tercera, nombrada con un lacónico Gema.  

A esto se agrega el escenario. Estamos en un pueblito, ubicado el linde antiguo de un extinto lago, una locación que concuerda con la forma en que muchos capitalinos conciben al chingado país fuera de su ciudad. Se trata, pues, de un melodrama en la provincia. No me enorgullezco de esta chamba pero cada vez que me pregunto ¿qué chingaos hago en esta película?, recuerdo que necesito comer.

En fin, para esta hora ya estamos desesperados: que si la luz, que si María no se movió como debía, que si se ve (demasiado) falsa, que si el arrumaco de Alexander y Gema está frío, que si el vestuario, el peinado, la entonación, aquello y lo otro, por cualquier cosa paramos. Solo basta escuchar el “a ver, a ver, a ver” de Luis para  saber que la filmación se repetirá.

Pero además de las palabras, Luis repite otras cosas; he visto que antes de grabar, hay ocasiones en que inspecciona que cada quien esté en su lugar, y repite esa revisión hasta tres o cuatro veces. Además, cada tanto Luis sale del set, según él para aclarar sus ideas. En esos paseos no deja que lo acompañen, aunque antes sí podía ir yo.   

Pero esta noche en particular me tocó verlo. Solo diez minutos antes de la una de la madrugada, salí para atender la llamada de Víctor. Era un jardín grande, con muchos árboles y plantas trepadoras sobre ellos, de esas que generan como cascadas de hojas. Aunque a esa hora las cataratas verdes parecían más bien cuevas y en la entrada de una vi a Luis. Se movía de un lado a otro, susurraba solo y acariciaba su cámara, un cachivache viejo de su infancia que le servía como talismán. Me vio, se puso nervioso y desapareció.

Él no compartía mucho de sí mismo con los otros, pero días antes de comenzar la producción me dijo que sentía algo raro, que era -como si a veces tuviera un duende o un titiritero detrás de mí que maneja los hilos, entonces soy su vehículo de diversión a costa mía y de ustedes-. Eso no me desconcertó tanto como saber el hecho de que Luis bien pudo contármelo antes y no ahora que nos vemos por necesidad antes que por ganas; aunque supongo que en esa ocasión se le aflojaron las manos luego de tomar varios alcoholes, de nuevo le pareció fácil mezclar cerveza con vodka.

Pero de regreso a esta noche en particular, diré que luego de la llamada con Víctor, regresé dispuesto a terminar esa tortura de producción, aunque me generara más broncas con Luis. Pero con solo atravesar el umbral comprendí que no sería sencillo: el respiro del exterior me había hecho olvidar el ambiente espeso del set, con su calor sofocante, luces, cables y la irritabilidad contenida de quienes trajinan ahí.

La producción y las repeticiones continuaron hasta llegar al punto en que estamos ahora. Una vez más, Roxana Sofía llora por el hombre mamado que perdió. Lo filmamos. Pienso en que ya debemos terminar. Víctor me espera afuera y no quiero que se acerque. Es que, como sucede con Luis, no digo mucho mis cosas.

Pero entonces, al fin logramos la escena. Luis dijo, “bien, bieen, ¡bieeenn!”, su personalísima señal de aprobación para todos. Estalló el júbilo y los aplausos. Pero no me percaté de algo: no sé si los canales del sonido coincidieron, pues divagué y quizá debamos repetir. Un frío abismo se abre por mi piel, huesos y órganos al saberme responsable del fracaso. ¿Qué hacer entonces?, ¿repetir?, ¿aún a costa de encender el odio de todos y calar de nuevo al titiritero que controla a Luis? 

No digo nada, pienso que tal vez pueda editar el audio usando el de audios anteriores, o tal vez sí salió bien, o tal vez repitamos la escena, quizá no les pese tanto menos o quizá sea peor o mejor tomo la solución universal, abandono el asunto para luego.

Minutos después, antes de salir del set Luis me alcanza para hablar de diferentes cuestiones. Quiere refrendarme su perfeccionismo pero entonces pregunta, -¿qué?, ¿te esperan?-, me pongo nervioso y respondo –sí-, antes de atajar de manera rápida con un -¿qué hacías hace rato acá afuera?-. Luis duda en contestar, para luego decir lo más insulso que le viene a la mente: “pensaba en la escena y cómo mejorarla”.

Nos separamos. Salgo y me dirijo al auto de Víctor, que no es un primo y que los demás intuyen no lo es. No he dicho nada en forma abierta pero no quiero porque no me gusta el chisme y menos uno donde se involucre a Luis, mi jefe actual.

Pero, solo basta una pizca de sinceridad para saber las verdaderas razones de esa discreción y entonces el abismo comienza a cavar su camino interno otra vez. Al subir, Víctor pregunta, -¿todo bien?-. Mi respuesta es un cliché peor que toda la película donde estoy

-No pasa nada-.


Ulises FonMadri (Guadalajara, 1987). periodista cultural en RedLab y Culturalia, anteriormente trabajó en La Jornada Michoacán.

*Imagen de portada: Moderno 1 de Tomás Saraceno.

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