Un pavorreal en el Jardín Azteca

Raúl López Téllez

Si en aquellos años de su fundación, un pavorreal lo hubiera cruzado, tal vez no pasaría de ser más que un adjetivo a la tarde en que se apareciera y mostrar su plumaje en aquel lugar, en medio de frondosos árboles y plantas con enormes hojas, helechos, en un tránsito del tiempo adornado con grecas indígenas.

A pocos metros pasan los automóviles y con el viento se acercan las risas y juegos de estudiantes, desde niños hasta universitarios, ruidos y murmullos que parecen no tocar este lugar donde sea de mañana, al mediodía o de tarde, su calma nos atrae entre aquellas reminiscencias de un pasado que explotaba oficialmente el culto al indigenismo, que no al indígena. 

Es el Jardín Azteca, inaugurado en el año de 1886 por el gobierno de Mariano Jiménez, tiempo en el que los historiadores señalan había por el lugar una terminal ferroviaria. Ubicado sobre la Avenida Michoacán, a la altura de la Universidad de Morelia y con el Acueducto a unos pasos, la obra deriva del discurso nacionalista en boga, en cuanto a la exaltación a las raíces indígenas.

Veinte años antes de que se erigiera este singular rincón, en el año de 1847, luego de la guerra contra los Estados Unidos, “era un mal de toda la sociedad” no tener conciencia sobre el indígena como parte de la sociedad, señala Andrés Lira González, de El Colegio de Michoacán, en su ensayo “Los indígenas y el nacionalismo mexicano”.  En México, dice el estudioso, “no había un verdadero sentimiento nacional, mal verdaderamente lamentable en las clases eclesiásticas y en los dirigentes militares. En ese ambiente y frente a la ineficacia y defección de los jefes y oficiales del ejército —criollos en su mayoría—, surgieron los primeros brotes de exaltación de lo indígena y de sus héroes como los verdaderos y ejemplares defensores de la patria.

“El inquieto ´abogado del pueblo´, defensor de ´las clases ínfimas de la sociedad´, José Guadalupe Perdigón Garay, exaltó al héroe indígena de Chapultepec, el coronel Santiago Felipe Xicoténcatl, recalcando su raza y las virtudes republicanas, que contrastaban notoriamente con las de los jefes criollos del ejército que abandonó la capital en manos del invasor. Sobre todo, surgió por ese entonces la figura de Cuauhtémoc como héroe nacional, si bien relacionada y condicionada a disputas de intereses muy concretos que desde mucho tiempo atrás se venían dando en la capital, como eran los pleitos sobre las tierras de las parcialidades de indios de la Ciudad de México”, escribe Lira y a propósito del último emperador azteca; en este contexto, cabe recordar la apertura en el antiguo barrio de San Pedro, del Bosque Cuauhtémoc también en esta capital.

La placa en el lugar habla de una “configuración trapezoidal” en el trazo del Jardín Azteca, rodeado de columnas de mediana talla que remedan los trazos de pirámides o construcciones ubicadas en lo que generalmente y hasta con abuso se denomina arte prehispánico.

El lugar tiene “dos escalones y un piso de losetas de cantera dispuestas radialmente”, se lee, lo que ubica a la fuente en su centro, en un subnivel que aporta a la configuración general ese ambiente de privacidad, de espacio aparte aunque suenen los cláxones en su inmediatez urbana. Plácido lugar para las horas muertas, para esperar y desesperar, para llenar crucigramas, leer el Clasificado o para sumirse en la reflexión de que es posible la salvación de esta ciudad de piedra.

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