Una economía violenta, una cultura violenta

José Christian Hernández

En varios elementos coinciden el discurso de la Federación y el lenguaje cuadrado, directo y frío de las estadísticas recolectadas en hogares mexicanos por el INEGI: las principales preocupaciones de la población son la inseguridad, la falta de empleo y la corrupción.

Sin embargo, el problema de fondo es que tanto gobiernos como personas no tengamos claro que, en palabras llanas, estamos hablando de lo mismo, y, por tanto, que las propuestas de solución no toquen los problemas estructurales.

El diagnóstico nacional es más que evidente: trabajo precario, poca formalidad y bastantes huecos hacia las remuneraciones que vienen de actividades criminales (donde también se incluye la corrupción).

Una violencia desatada, con máximos históricos, reportados por las fuentes oficiales, y por la percepción de cada persona que ya no puede salir tranquila a las calles.

Este escenario está rodeado por actos de guerra encubierta, masacres en todos los estados, sin excepción (donde no hay balaceras, hay fosas clandestinas que ocultan masacres); violencia contra niños, niñas, adultos mayores y, en particular, contra las mujeres, con niveles cada vez más sádicos.

Reconstruir este diagnóstico, armando cada pieza para encontrar una lógica que nos permita actuar, debe comenzar con el análisis del proceso de reproducción de la vida y cómo éste es afectado y transformado para continuar con la reproducción y distribución de la riqueza, y en particular, una distribución que es apropiada por un grupo cada vez más pequeño.

Una regla fundamental para la reproducción de la riqueza, que permite que cada día se puedan repartir salarios y ganancias, es que también, cada día la vida debe reproducirse.

Lo que no es una regla, es que la vida se tenga que reproducir en las mejores condiciones para cada uno de los habitantes de una colonia, pueblo, ciudad, territorio, región o país.

Luego, esta reproducción de la vida tiene, en principio, dos dimensiones muy claras: cómo nos organizamos para transformar la materia, generar riqueza y distribuirla; y cuáles reglas sociales seguimos para que la riqueza no pare de generarse.

Además, el Capital ha tenido diversas formas de organizar la reproducción de la vida para permitir una producción de riqueza aceptable, sobre todo, se han construido las reglas sociales suficientes para que eso se mantenga.

Adicional a ello, con cada crisis, estos conjuntos de relaciones se transforman.

Las últimas crisis llevaron a una forma particular de organización de la producción: salarios precarios, desmantelamiento de la seguridad social, super-explotación diferenciada por género, edad, etnia y condición migratoria, entre otros aspectos.

Una de las muestras más crudas de esta condición se nota en las mujeres, más cuando son jóvenes, de pueblos originarios y/o de condición migrante; el resultado de esta mezcla de dimensiones de explotación puede comprobarse al leer las noticias cada día y contar quién personifica a la mayoría de víctimas de homicidio, violaciones, hostigamiento, trata de personas o detenciones arbitrarias; quiénes reciben los salarios más bajos (o sin salario), sin seguridad social y largas jornadas de trabajo; quiénes reciben violaciones recurrentes a sus derechos humanos en temas como seguridad, educación, salud, vivienda, etcétera.

A estas condiciones se agrega el ascenso de sectores de actividad criminal que se constituye en bandas criminales híper-diversificadas, dedicadas no sólo al tráfico de drogas ilegales, sino también otro conjunto de actividades como extorsión, secuestro, trata, tráfico de armas y de “piratería”, extendiendo redes, hasta controlar negocios legales.

El mercado de trabajo ya no sólo es una división entre trabajo formal e informal, sino entre trabajo formal, informal y criminal, lo que lleva a una distribución y migración de población ocupada entre los tres mercados, por ejemplo, si se reduce el mercado de trabajo formal, quedan dos mercados más a cuáles acudir: el informal y el criminal.

Destaca del diagnóstico, que esto ha sucedido durante décadas en México, además, bajo un proceso de constante de agudización de estas condiciones.

Esto quiere decir que existe un conjunto de reglas sociales, de concepciones culturales, sociales y políticas que lo han permitido; y que parten de la reducción de la realidad social a la realidad individual cómo única y válida.

De ahí, el ascenso de la competencia como forma de vida, de la búsqueda de la calidad a ultranza, en todos los niveles y en todos los aspectos; la reducción de la sociedad al individuo, y con ello, a su soledad, a su falta de identificación con el Otro; lo que lleva a la persona a realizaciones perversas de su existencia, a través de la violencia, el odio y la negación de todo lo social, que, a su vez, nutre y genera condiciones más extremas de explotación.

En resumen, una economía violenta se mantiene sólo con una cultura violenta, y viceversa. Entonces, ¿por dónde empezar?

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