Una hora cuarenta ocho minutos en el Clavijero

Caliche Caroma

La visita al Centro Cultural Clavijero (CCC) la hice al lado de una erudita en artes plásticas, museos y columbismo, Imelda Servín Romero también es coleccionista de arte y multimillonaria. Quise realizar esta visita acompañado, lo digo con la poca sinceridad que me queda, porque los museos me aburren rápidamente, pero ir con alguien que tiene conocimientos profundos, así como datos curiosos sobre los cómos y porqués, cambia el panorama, el recorrido toma otro cariz, incluso se vuelve interesante y enriquecedor, “qué mal gusto poner los nombres de las autoridades federales y estatales en cada sala del recinto con letras enormes”, me dijo doña Imelda que se leerían mejor en el baño de hombres.

Tardamos una hora cuarenta y ocho minutos en ver todas las exposiciones del Antiguo Templo de la Compañía (encargado, en 1660, a Vicente Barroso de la Escayola; hoy Biblioteca Universitaria y CCC). No vimos la muestra de cortometrajes de la planta alta, ahí para la otra. El Clavijero, como los locales llaman al edificio, está ubicado a un costado del Colegio Primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo, el acceso es por la calle El Nigromante #79, colonia Centro de Morelia.

Comenzamos con la de Leonora Carrington y Pablo Weisz Carrington; Onírica Inédita es el nombre con el que se anuncian las litografías, grabados y esculturas de la surrealista y su hijo. Lo que más llamó la atención de doña Imelda fueron las placas con las que se hicieron las litografías, objetos metálicos que son el testimonio de un proceso complejo, explicóme la dama de 75 inviernos. “Por lo demás, cuatro o cinco trabajos de Carrington (madre) provocan al espectador a quedarse más de dos minutos, en realidad es menor esta inédita selección”, y continúa Servín Romero, también conocida como Lauera, “más de lo mismo lo presentado por Pablo Weisz Carrington, ninguna sorpresa, además de que el salón donde se encuentran sus obras carece de luz, situación que debe resolverse inmediatamente”, la escucho atento, casi no parpadeo.

Pasamos después a mirar El segundo advenimiento, de Peter Buggenhout, muestra presentada por un video con las palabras de Hilario Galguera. Doña Imelda me comparte que cuando una obra se reduce a la erudita explicación del curador, el artista queda en segundo término, aparece la flojera y mejor es ir a mirar las palomas que defecan sobre la catedral. Las obras de Peter Buggenhout son un montón de chatarra con polvo, y esto no es una crítica, eso son, lo importante y sobresaliente fue que para acompañar el “arte” de Buggenhout sacaron parte de la colección del CCC. Dos obras en especial llamaron la atención doña Imelda, las dos de Doctor Atl. “Son los mejores cuadros que hay en Michoacán”, expresó mi guía. Los observé con detenimiento, uno de 1948 (aprox.) y el otro de 1960, en los dos aparece el Paricutín, en el primero muy activo, el segundo ya más tranquilo. El trazo, los colores vivos entre grises y negros que no dejan de moverse, el fuego devorando los árboles y todo lo que se ponga a su paso. Qué poder el de Gerardo Murillo Cornado, su pincel estalla al igual que los volcanes, una erupción de creatividad. La septuagenaria observa mi estupefacción, se ríe.

“Un pretexto la obra de Peter Buggenhout para mostrar los cuadros del Doctor Atl”, las palabras de doña Imelda también son agua. Iba bien el asunto, cuando de repente la señora se puso seria, pasó a enojada y dijo: “Uno de los cuadros está herido”. En la parte inferior derecha de “El Paricutín-Frente de lava en movimiento”, el que está al final del salón, tiene un horrible rayón, un insoportable descuido que, por lo que pudimos deducir, sucedió hace no mucho, en algún movimiento inexperto sin ninguna supervisión. “¿Quién restaurará este crimen? Misterio absoluto, el que salió chingado fue el Doctor Atl”, lo que mi amiga manifiesta me hace reflexionar sobre la responsabilidad, salimos y subimos las escaleras.

En el segundo piso encontramos la retrospectiva de Andrés Vázquez Gloria. Rizoma, raíz que crece hacia todos lados, subterránea producción. Dientes, ojos, trazos violentos, dolor, encierro, el autor estuvo preso, dibujos dedicados a su hijo, nada mal para la caminata. Y entre este limbo de blancos y negros, una rana, un grabado del anfibio que doña Imelda le fascinó, “nada mal, nada oscuro, diferente a lo demás, lo compraría si me gustara en verdad”. A mí me atrajo el último de los pendones, el que está frente a la rana. Estas piezas dentales me recordaron a mis amigos cocainómanos, las quijadas que se retuercen y un ojo que se cierra para esperar la muerte. Algunas de las palabras que acompañan lo creado por Vázquez Gloria están muy jaladas de los pelos, a veces es mejor dejar a las imágenes dar su discurso con sus propios elementos, lo demás sale sobrando. ¿O no?

Seguimos. Llegamos a Echeri Charapiti Tierra Colorada, creaciones de Ocumicho, Cucucho y Charapan. Las manos de los pobladores de estos territorios michoacanos nos entregan magia pura, las máscaras expresivas de un terror infernal, los jarrones in crescendo y los famosos diablitos jugando con cualquier elemento salido de la imaginación de su demiurgo. Doña Imelda disfrutó de esta colección, pero le doy la razón en su apreciación, “la museografía parece que la hizo cualquier vendedor de artesanías de Quiroga o Uruapan, sin ton ni son, demeritan las piezas, les restan valor con el amontonamiento en esta sala. Mira los pedazos de cinta masking tape para asemejar una cruz, ¡que me va a dar el soponcio!”, con mi libretita de anotaciones le echo aire, salimos de ahí.  

Huellas que florecen titula Betsabeé Romero a su instalación, enorme, por cierto. Plomadas de maíz, trastos de aluminio, llantas viejas con luces, papel picado, hormas en escaleritas, hormas gusanito brillante y, no falla, el espiral (de hormas), lugar común del artista de renombre, doña Imelda está callada. Para la mujer experimentada que cada vez me sorprende más, esta exposición le dio la oportunidad de conocer dos cuartos/salas del Clavijero que nunca había visto, así se resume la experiencia de Romero Servín: “Esta artista quiere, a través de poemas/declaraciones, resolver el problema de la migración, suerte con eso”. La señora me señala el título “Muros punzo cortantes”, el esfuerzo es grande para nomenclatura, aunque parco en la creatividad, declara doña Imelda, pero con otras palabras (altisonantes).

Temachtilli, mural de Nacho Tejeda, no emociona mucho a doña Imelda, a mí me parece logrado, pero ahí en el Clavijero no existe el espacio suficiente para tomar distancia y apreciarlo como lo haríamos en la calle, lugar natural del grafiti. Lo que sí sacó de sus casillas a Lauera fue Cerrado: [imágenes trabajando], de Héctor González Jiménez, en coordinación con Juan Villoro. “Inaudito que te presenten un montón de lonas impresas con grafitis de cortinas metálicas, sin marcos las impresiones, mínimo tendrían que tener un marco de calidad, el curador y el museógrafo perdieron la batalla, menos que cero para ellos”. Y es que la verdad esta exposición ensucia el trabajo de Nacho Tejeda, coincido con la ñora. Mucha justificación y poca obra.  

La última de las salas que visitamos fue la de Rafael Coronel, Alegoría de la razón. Doña Imelda conoce bien el trabajo de este pintor recién fallecido. “La monotonía pura, hijo, la monotonía a sus anchas”. Veo los cuadros, rectángulos de buen tamaño cada uno de ellos. Mientras mis ojos buscan detalles en esos magos algo ridículos, me acuerdo de lo que acabo de ver abajo, Leonora Carrigton tiene una escultura idéntica a esta de Coronel, qué extraño. Parece que adivina mi pensamiento, la mujerona a mi lado habla en voz alta: “Fíjate cómo hay una línea que, sin quererlo, está presente en Leonora, en los diablitos de Ocumicho y Coronel, elementos fantásticos en las tres exposiciones que se parecen mucho; es la imaginación de creadores muy diferentes entre ellos pero que llegan a soluciones básicas, las cabezas de sol, las capuchas misteriosas, la magia, los seres antropomorfizados, animales sacados del medievo, es chistoso porque ocurrió por azar, no creo que la gente del Clavijero lo haya hecho a propósito”. Los dos nos burlamos de los trajes que hacen pensar más en Harry Potter que en Coronel. Terminamos el recorrido. 

Doña Imelda me muestra su reloj digital de última generación, “exactamente una hora cuarenta y ocho minutos”, dice y me pide que la deje descansar de la mente, “fueron muchos golpes para los sentidos”. Estamos los dos recargados en la fuente, callados, las gotas de agua nos salpican y unas palomas vuelan amenazantes sobre nuestras cabezas.

Advertencia: La existencia de doña Imelda Servín Romero no es necesariamente falsa, pero también puede diferir de la original.

Un comentario sobre “Una hora cuarenta ocho minutos en el Clavijero

  • el 1 julio, 2019 a las 6:50 pm
    Permalink

    Gracias Caliche y doña Imelda por este recorrido, fué como estar ahí con ustedes. ¡Abrazos!

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *