Nektli Rojas: Uriel

Nektli Rojas

Para “El Hermano”

Uriel no quería caber en la boca del diablo. Tragaba saliva y bajaba dulcemente la cabeza. La movía de un lado a otro, así, agachada, intentando decir que no y, sin saberlo, aceptando lo inevitable. La primera lluvia de la tarde había pasado y, después de ella, el sol había salido un poco, se había refrescado con el pavimento húmedo y había dejado un poco de calor. Pero ahora Uriel estaba atrapado en esa línea media, donde la atmósfera, la luz y el aire conspiran para que exista sólo la tristeza. En esos momentos, todos los seres humanos están en peligro y pueden darse por derrotados, pueden dejar que los horrores los dominen, que venzan en este mundo y tomen su lugar de absoluto poder. Pero, como casi nunca se dan cuenta, las personas atraviesan por esa lucha maniqueísta como quien oye llover.

Pero Uriel lo sabía: la noche estaba anunciándose. Entonces tendría que ir a la cama. La puerta del cuarto tendría que cerrarse. El cristo frente a su cabecera lo miraría dar las que deberían ser las últimas plegarias de la jornada, protegido por la pequeña luz de la lámpara. Buenas noches, mamá, hasta mañana. Si Dios quiere, hijo, buenas noches, sueña con los ángeles.

Uriel se metía a la cama. Su alma temblaba, pero él se distraía un poco pensando en lo que había hecho ese día: los amigos del colegio, las travesuras de poca monta que, sin embargo, siempre se las arreglaban para parecer ofensas a Dios, los dulces, los brazos de mamá. Y el sueño le ganaba. A las tres de la mañana, Uriel despertaba gritando, bañado en sudor. Las voces antiguas lo reclamaban. Irás conmigo; no importa cuándo, pero vendrás. Nadie podrá salvarte, porque naciste del pecado, porque naciste sin salvación. ¿Crees que te va a librar la ropa que tu madre te cose? ¿Las camisas? ¿La dulzura de su sacrificio? Nada evitará que te vayas al infierno. Mira: ahí está, esperándote. Una noche de éstas no serás capaz de regresar y te quedarás conmigo para siempre, para toda la eternidad. Nadie te escuchará, nadie intercambiará su vida por la tuya, ¿o te crees tan valioso? Hay miles mejores que tú. Tú no eres nada, no eres nadie. Lo sabes perfectamente. Lo sabe el fondo de tu alma. Nadie te quiere. Cuando los demás te miran, lo saben. Se dan cuenta de que eres falso, mentiroso, que desprecias la vida, que te quieres morir. Dios se da cuenta de la hipocresía de tus rezos. ¿Quieres rezar otra vez? ¿Vas a rezar ahora? Hazlo. Dios no escucha a los niños como tú.

Uriel se aferraba a la vigilia para olvidar, para ser capaz de dormirse y entrar en otro sueño cualquiera. Lo que fuera era mejor que ese olor de azufre y carne quemada, más horrible que el de los bisteces, que el del pollo cuando se ha echado a perder y se desperdicia comida haciéndonos cometer un pecado.

Uriel decidió entrar al seminario. Con eso, su futuro estaba asegurado. No sólo la manutención diaria, sino el gozo de la madre que tendría a un cura en la familia. Podría casar a sus parientes, a sus amigos, confesar, dar extremaunciones. Si salvaba a suficientes almas, la suya también estaría salvada. No más diablo. No más pesadillas. Pero las voces antiguas le decían en sueños: no nos engañas, ni a nosotros ni a Dios.

Uriel consiguió entrar en estado de gracia. La perfección y la paz, el absoluto amor de Dios fueron suyos. Procuró no moverse, no pensar, no respirar. El Amado le dejaba oír su sinfonía de espesuras y, ahí, reconoció ese viejo olor a flores de su infancia: geranios, jazmines, gladiolas, rosas. Pero todavía lo acompañaba la enfermedad de la imperfección mamífera. Intellige ut credas, (comprende para creer) lo atrapó en una sinapsis. Y, aunque le pertenecía a Dios por decreto propio, el diablo encontró la grieta y cupo en ella. Se sentaba en las noches a los pies de la cama de los sueños a jugar cartas. Estoy apostando tu alma, le decía, y voy ganando. Sé cómo ves a las mujeres. Sé en qué estás pensando cuando les das la hostia. Uriel rezaba sed libera nos a malo mientras las lágrimas empapaban su almohada.

Uriel tuvo que dejar el seminario. Con todas sus fuerzas, dirigió su vida hacia la academia. Saber, estudiar, enterarse de las iluminaciones de los sabios que en el mundo han sido, sorprenderse por los milagros de la comprensión parecía poder salvarlo. Entender al mundo, entenderse a sí mismo. ¿Y te crees, le decía en las noches, que lo hicieron solos? ¿Quién crees que estuvo detrás de El Oscuro de Éfeso, Heráclito, y sus razones? ¿Quién crees que le inspiró a Hidegger y a Kierkegaard? ¿Quién está detrás del vacío de Lipovetsky? ¿Quién crees que atormentaba a Revueltas y se paraba en el hombro de Elizondo?

Uriel se encerraba en su cuarto durante las noches. Entre tres y cuatro de la madrugada, su hermana tocaba la puerta, y le decía desde la otra orilla reza, Uriel. Yo rezo contigo. Y se arrodillaba en la puerta y empezaba con creo en Dios todopoderoso, y seguía con Dios te salve, María. Adentro, llena de sudor y horrores, la voz de Uriel temblaba en la garganta mientras hacía un coro piadoso. Su alma se había fragmentado y los pedazos recorrían el laberinto del pavor. No intentaban salir, sino encontrarse para volver a unirse, para poder seguir dando la batalla final, para vencer al Enemigo, al Malo, al Innombrable. Que lo miraba y se chupaba los labios.

Uriel abrió los ojos, húmedo. No vio sino negro. Se incorporó y era lo negro. Logró ponerse de pie dificultosamente e intentó tocar las paredes, deslizarse en ellas para encender la luz del cuarto. Las paredes eran húmedas, resbaladizas. El sitio entero apestaba a comida hedionda, al pecado de la gula, a maldiciones eructadas por el esófago de la desesperación, a caries que nadie pudo exorcizar. Y, en lo negro, encontró dientes, colmillos y muelas.


Nektli Rojas (Ciudad de México, 1963). Profesora de la Facultad de Letras de la UMSNH. Es autora de: El Sueño del Feto y Otras Anécdotas (2007), Yuxtaposiciones (2006) , Cenizas y Otros Cuentos (2003).

*Imagen de portada: Rose de Lucian Freud

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