¡Viva México… pero no sea ranchero!

Ismael García Marcelino

Con un abrazo para Cecilia Izarrarás

La personalidad de individuos y sociedad, me dicen, se construye con base en lo que se sueña, en cómo le afectan sus proyectos fallidos más en todo lo que le provoca risa. Más tarde, se comprenda o no, no servirán de nada las componendas cuando se dijo lo que tuvo que decirse. El lenguaje será reflejo cultural innegable y en lo cotidiano de la comunicación más simple, el bagaje léxico de las personas dependerá del contexto social en que nos hayamos formado desde niños, qué remedio.

Así las cosas, nadie se asombra de que Vicente Fox, machista para quien el conjunto de mujeres se llama “viejerío”, ni de que en la fifi society de Morelia en la que Felipe Calderón se recreó de niño sea natural burlarse de quien “en su pueblo” dice “haiga sido como haiga sido”. Lo que debería preocupar es que “la sociedad mexicana” hubiera aceptado como presidente de su país a quien con ese enfoque discriminatorio se hubiera volcado contra quienes habría de gobernar. Quizá tengamos la impresión de que estamos detenidos en un tema nimio, que éste no vale la pena. No es así, y ya vamos a ver por qué:

Cuando frente a las cámaras, Fausto Vallejo, a la sazón presidente municipal de Morelia, se refirió a las negociaciones que el Ayuntamiento de Morelia sostendría con la Kansas City Southern asegurando que “no nos van a ver el gabán”, para explicar que los acuerdos con la empresa resultarían ventajosos para Morelia, lo que dijo, quién sabe si sin querer, es que el gabán es algo que debe ocultarse. Porque, si nos ven el gabán, podrían aprovecharse de nuestra idiosincrasia. ¿Y cómo es mala nuestra idiosincrasia?, ¿qué desventajas representa para una persona usar, por ejemplo, gabán, huaraches, sombrero, rebozo o su lengua originaria para comunicarse? Tal vez Fausto Vallejo, Felipe Calderón o quien diseña las políticas excluyentes de los bancos sepan explicarlo mejor, pero lo que queda expuesto en estas expresiones es el desdén por la imagen del mexicano campesino, indígena o rural, imagen frecuentemente vinculada con ignorancia, retraso o impericia para negociar y despreciada finalmente, por proceder de la provincia.

Con razón el rebozo, el sombrero y los huaraches se han convertido en los símbolos tan socorridos para dejar claro en el “mes patrio” que de lo mexicano lo que importa es que lo mexicano no importa; dicho de otra manera: que si me visto así es porque en lo cotidiano soy de otra manera, ahora estoy disfrazado. Una bailarina de folclórico sería la primera en negarse a vestir de china poblana como una costumbre de su pueblo mexicano, o de viejo de Jarácuaro, o con pantalón blanco, sombrero de palma y mascada roja, como los veracruzanos, pues ni es su costumbre ni es su pueblo, sólo le resulta divertido parecer mexicano y abrazar la posibilidad de despojarse del vestuario cuando se apagaron las luces y vuelve a ser el mismo.

Este lenguaje corporal no es menos importante de considerar frente al vocabulario que nos caracteriza por venir de una ciudad, un rancho o una región determinada. Más allá de la personalidad que nos diferencia socialmente, un funcionario a cargo de atender un servicio público puede sentirse con derecho de llamar “pirujas” a las mujeres, o creer que las pirujas no reúnen la calidad para ser tratadas como personas. Puede confiar en que su idiosincrasia está fundada en su origen terracalenteño y aun así no tener razón. Se comprende, claro, pues es de Tierra Caliente, dirá. Bueno, quizá si estudia algún día, ya como médico, modifique su enfoque.

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